¿Que Hacer?

En la entrada dualidad tecnología-maestro dije que con el sitio web perseguía una finalidad: convertirlo en una extensión del trabajo académico adelantado en el salón de clase. ¿Para qué?  Para abrir el debate sobre el acontecer político de Colombia. Durante los cinco primeros días de estar en público el sitio web recibí muchos mensajes vía Internet, haciéndome estas preguntas: “¿Qué piensa hacer?”. “¿Cuál es su programa político?”. Estos interrogantes me obligan a esbozar algunas ideas en relación con el quehacer político del momento.

 

 

Hace tres lustros comencé a investigar el grado de legitimidad que le asistía al Estado contemporáneo en general. Y con el título de ILEGITIMIDAD DEL ESTADO. Reforma radical o revolución de la diversidad en 2002 publiqué los resultados de esa investigación, sin prever la profundidad de la crisis a que llegarían las instituciones colombianas seis años después. En 2007 la obra vio la luz por segunda vez. Es decir, salió  en el preciso momento en que la sociedad colombiana y la comunidad internacional cuestionaban la legitimidad de dos organismos del Estado: la Presidencia y el Congreso de la República. La impugnación obedecía y obedece a que estas autoridades alcanzaron su elección con votos manchados de sangre. Dicho de otro modo, salió la segunda edición del libro, en un lapso en que el Estado colombiano llegaba a su más protuberante y notoria  ilegitimidad. 

 

Ante ese extremo de ilegitimidad del Estado, vuelve la pregunta que durante centurias y milenios se ha formulado la humanidad: ¿qué hacer? Partiendo de la comprensión objetiva que hay carencia de motivación colectiva por el régimen político y por sus autoridades, una vez más, ¿qué hacer? Estas dos palabras aparentemente simples golpean ahora la inteligencia como un martillo. Ese pronombre interrogativo qué, unido al verbo infinitivo hacer, con tantas acepciones como tiene, deja al imaginario atónito y sin respuesta. Pero si se juntan las dos palabras en una sola, resulta el quehacer, que se presenta en la conciencia como sustantivo, que se convierte en el oficio, la actividad, la tarea, el proyecto, la vocación y la vida misma.

 

      Y como los implicados directos e indirectos de la seguridad democrática son millones, el asunto puede estar en boca de un hombre o una mujer, de los 12 ó 15 millones de indigentes que amanece sin agua, ni panela con qué endulzarla, ni papel periódico con qué acompañarla, ni energía con qué hervirla. Pero también puede estar como acción o como sustantivo en boca de alguno de los millones de desplazados, de los miles de encarcelados y amenazados de muerte, de los cientos de torturados y de exiliados, que gracias a la seguridad democrática carecen de un verbo para conjugar y un proyecto de vida para realizarse como ser humano.

 

 

Pero la pregunta ¿qué hacer? frente a la realidad de la seguridad democrática, herencia de un pasado siniestro y punto de partida de un futuro incierto, puede también estar en la conciencia de los filósofos, los maestros, los líderes y activistas políticos. Entonces son ellos quienes deben responder, orientar y conducir los distintos componentes de la sociedad, fraccionada a más no poder.

 

¿Qué hacer? es la pregunta que se debe formular un trabajador intelectual como es un maestro. Siempre que una sociedad se halla en crisis, se averigua por la opinión de los intelectuales. Ahora, cuando la crisis de nuestro país toca fondo, resulta imperioso pedir la opinión y la solidaridad de los intelectuales. ¿Y quiénes son los intelectuales? Vulgarmente se tiene por intelectual al escritor, el literato, el periodista, el filósofo, el artista, pero es preciso decir con Antonio Gramsci que “todos los hombres son intelectuales, pero no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales”. En este sentido, los obreros, los líderes políticos y los hombres de acción que construyen comités, organizan mítines y buscan persuadir con palabra y obra a los demás realizan también un trabajo intelectual. De unos y otros, cada cual según el grado e intensidad de la formación intelectual, su presencia es necesaria en este doloroso momento de miseria, sangre, odio, venganza y exclusión. El papel de los intelectuales es decisivo en esta hora, en el presente y a mediano plazo.

 

            El intelectual, cualquiera que sea su actividad (escritor, poeta, pintor, dramaturgo, maestro), tiene mayor información que el común de las gentes, y dar a conocer esa información es de suma utilidad, no sólo en público sino asimismo en pequeñas tertulias o comités. El intelectual, el artista, el poeta, el escritor, el maestro, están en permanente contacto con la conducta del hombre, y este ejercicio les permite adquirir la extraña virtud de ver un poco más allá de los fenómenos que observa el común de los ciudadanos. Al respecto, dice Chomsky: “Los intelectuales se hallan en situación de denunciar las mentiras de los gobiernos, de analizar las acciones según sus causa y motivos, y, a menudo, según sus intenciones ocultas”[1].

           

            No se trata de exigirle al intelectual un comportamiento compulsivo frente al propósito deliberado del presidente Uribe de quebrantar la Constitución. Es decir, que como reacción a la conducta oficial salga como un loco a organizar barricadas y enfrentar la fuerza pública. No se trata de eso, entre otras razones porque en ese mismo instante estará encadenado y hacinado en una cárcel o desaparecido para siempre. El intelectual sólo debe seguir haciendo su trabajo y acentuar alguna praxis política, en la academia misma, en la barriada o el vecindario donde reside. En suma, al intelectual le corresponde analizar los hechos en una perspectiva histórica, desentrañar la ideología que esconde el régimen detrás de los consejos comunitarios, decir la verdad y denunciar las mentiras, contrarrestando en lo posible el arsenal de publicidad política que generosamente ponen todos los medios a disposición del gobierno. Con estas herramientas, el intelectual debe proyectar sus fuerzas a convencer, antes que a vencer.

 

            Se imponen, eso sí, unas tareas mínimas en el trabajo del intelectual. Al intelectual que le preocupe y le duela la crisis actual no le basta desembuchar un par de cuartillas, lanzar un canto general, colorear un lienzo o un muro, dramatizar un hecho en la calle o en medio de cuatro paredes, ante 30 ó 50 personas, y cantar lo que tiene entre pecho y espalda. Todo lo anterior es supremamente valioso y el mensaje simbólico es irremplazable. Pero el momento es tan delicado que el intelectual no puede decir que ya cumplió con su parte, y que lo demás se hace solo o les corresponde a otros. Es preciso que cada uno de los trabajadores intelectuales piense que, más allá de su actividad, 25 ó 30 millones de personas están esperando un discurso y una orientación. El intelectual que no acepte a raja tabla la imposición del gobierno debe pensar que el presidente Uribe tiene las 24 horas al día para hacer politiquería, y a través de todos los medios de comunicación dirigirse a 15 millones de ciudadanos para despertar sus simpatías o presionarlos psicológicamente. Es necesario rescatar a la gente, persona a persona, de los estragos que resultan del abuso del poder y de los medios de comunicación. Este es un proceso político-electoral de ventas, y el mejor vendedor de específicos lo tenemos en la Casa de Nariño, convenciendo a todos, todos los días. ¿A cuántas personas convence al día un intelectual?

 

         Si el intelectual quiere convencer a alguien necesita un discurso claramente diferenciado del de Uribe, dirigido no a subyugar a su electorado, sino a los 12 o 15 millones de miserables  e indigentes, que están esperando no una modulación de la seguridad democrática y del Plan Patriota, sino un grito con el cual se sientan identificados, o quizás un alarido que los despierte de su escepticismo y desesperanza.

 

            Ahora bien: el pueblo necesita procesos de acompañamiento, conductores y guías que vayan más allá de la coyuntura extrema, para superar el drama de la miseria y la exclusión. ¿Qué clase de procesos? Por lo menos cinco: un contexto geográfico-espacial o base social tangible, estable y sólido; un proceso educativo muy claro, profundo y con un componente mínimo de teoría política; unos medios de comunicación que realicen y completen el proceso educativo (televisión, radio, prensa, libros, revistas, cine, teatro, arte, etc.); resistencia-defensa, y finalmente, recursos financieros y de liquidez. De esos cinco procesos, en la coyuntura actual deseo participar en los tres primeros, que de la manera  más elemental se podrían sintetizar en dos palabras: educación política. Ese es por ahora mi programa o mi propuesta política, y para no hacerlo como una isla individual, lo haré dentro del Polo Democrático Alternativo, partido en el cual milito.

 



[1] Chomsky, Noam. La responsabilidad de los intelectuales. Barcelona, Ariel, 1974, p. 34.

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