Nuevo liberalismo

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Introducción

En el devenir de los pueblos siempre han existido disidentes y disidencias. ¿Por qué? Porque un puñado de malvados –así los llama Platón– se ha apoderado del mundo y ha sojuzgado por  siglos y milenios a la inmensa mayoría  de la población.  Ayer fueron los esclavistas, los señores feudales y los magnates de la industria, quienes construyeron templos, pirámides, castillos y fábricas con sudor y sangre de esclavos, siervos y obreros. Hoy, las transnacionales del comercio, las finanzas y las comunicaciones son los dueños del mundo y se apoyan en bandas de mercenarios, mafiosos y en reductos feudales de terratenientes que obran como títeres haciendo el trabajo sucio,  para quitar y poner gobernantes, reyes, legisladores, magistrados y generales a su antojo. Todos juntos –dueños  y títeres–  han hecho del mundo una pieza de teatro superior a la escrita por el más grande dramaturgo de todos los tiempos: el gran Shakespeare, estudioso por excelencia de las ambiciones, los odios, las pasiones y las venganzas del poder. Estos teatreros de la miseria, han convertido a un poco más de 6.000 millones de seres humanos en simples espectadores, y nos hacen reír o llorar según el género que nos presenten: comedia o tragedia.

¿Cuántos de estos bandidos se creen sus propias mentiras y cuántos piensan que los simples mortales les creemos sus simulaciones? ¿Cuántos líderes del planeta desconocen la realidad de los pueblos del mundo y obran de buena fe? ¿Cuántos, conociendo la realidad actúan con doble moral? No hay datos estadísticos, pero mediante sus grandes cadenas de comunicaciones, nos mantienen ciegos, sordos e hipnotizados, para vendernos la basura de su mundo. Recurriendo al beneficio de la duda, se podría pensar que si los grandes líderes del mundo, incluyendo a los pastores de todas las iglesias y los tiranos, conocieran la verdad y actuaran de buena fe, se despojarían de sus vestiduras, de sus armas, y de los bienes usurpados y se irían a luchar hombro a hombro al lado de los desvalidos, de los miserables, de los que carecen de voz y de subsistencia. Hace mucho tiempo la inmensa mayoría de la población mundial está llorando de hambre, miseria y exclusión. Pero aún así, a veces nos hacen reír  las bufonadas de directores y actores.

¿Cuándo comenzó ese drama? Hace unos 5.500 años, es decir, tan pronto una jefatura política trascendió al primer Estado, en el país del Sumer, al sur de lo que hoy es Irán e Irak, ahí donde ahora el Imperio estadounidense saquea el petróleo y elimina a quienes se le opongan. Contra ese injusto drama se han levantado hombres y pueblos: son los disidentes. En ocasiones con sus herramientas y armas, casi siempre con el poder de la palabra. Muchos disidentes llegan fácilmente a la memoria: Sócrates y su más aventajado discípulo, Platón. Esa fue la razón por la cual al primero lo asesinaron, obligándolo a beber la cicuta. Por no estar de acuerdo con el régimen, en Egina hicieron prisionero y esclavo a Platón. Afortunadamente, su amigo Aniceris, natural de Cireni lo compró y luego lo dejó en libertad[1]. Pero mucho tiempo antes, lo habían hecho los esclavos egipcios (2200 a.C.) y Hesíodo en el siglo viii antes de nuestra era. Y después de estos tres griegos, Espartaco, Paine, Marx, Lenin, Gandhi, Mao Tse-tung, Saramago y todos los intelectuales y artistas, salvo los pocos  fletados a  los regímenes de todos los tiempos y meridianos.

Que nadie se llame a engaño. Así ha devenido la humanidad y así continuará o peor, mientras el mundo sea mundo. Los miserables seguirán ahogándose en el mar de su propia bazofia, acrecentado con la porquería que a cada instante arrojan en él los dueños del mundo, si los disidentes nos quedamos callados, o apenas hablamos  en  pequeños  salones  o conversamos solos. Sin embargo, la promisoria noticia es que hoy, hay por el mundo muchos disidentes –mujeres y hombres–  de regímenes y sistemas oprobiosos, a los cuales partidos y movimientos políticos inconformes deben mirar y escuchar. El Foro Social Mundial, es el más grande disidente de la mezquindad voraz del mercado, y los disidentes de Latinoamérica van ganando terreno. Precisamente, disidentes gobiernan en Venezuela, Brasil, Chile, Argentina y Uruguay.

Claro, ahora a los disidentes se los llama terroristas o auxiliares y cómplices de los terroristas. El terrorismo, es el delito de moda. Pero ¿qué es el terrorismo? ¿Existe un terrorismo internacional? Quienes cometen actos de barbarie en Washington, Madrid, Bagdad o Bogotá, ¿han constituido una organización mundial con esos propósitos? ¿Estos disidentes de los distintos regímenes, en su estructura organizativa, actúan como la Omc? ¿Tienen la perfección del sistema financiero mundial? ¿Están en la red como las poderosas bolsas de Nueva York, Londres, Frankfurt y Tokio y de los bandidos que oprimen el mundo? Estos y mil interrogantes más asedian la inteligencia de quien se detenga un instante a discurrir en la miseria de cada acto de terror y en los terroríficos discursos oficiales. Pero ninguno ha sido resuelto por academia alguna de científicos, ni siquiera por aquellos que están al servicio de los regímenes vociferantes. Los discursos radicales y los actos terroristas de los propios gobiernos, por el inexorable proceso dialéctico, van a llevar a todos los disidentes del mundo –incluidos los fanáticos– a unirse y organizarse. Ante los fanáticos, sentimos temor. Tan sólo mil de ellos –por decir un número–, unidos, organizados y milimétricamente distribuidos por el mundo a la manera de la Omc o el sistema financiero internacional, tendrán la capacidad de destruirnos a todos.



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