Ponencias

¿Cómo terminar nuestra guerra?*

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Este artículo investiga los mecanismos posibles para terminar con el conflicto armado en Colombia. Para obtener la información necesaria, el investigador principal y los estudiantes recurrieron a fuentes primarias y secundarias: entrevistas y documentos. En esta investigación se utilizaron tres métodos: el descriptivo, el histórico y el analítico-deductivo. Las conclusiones más importantes a las que se llegó fueron: 1ª. En Colombia sí existe un conflicto. 2ª. El primer paso para  terminar con el conflicto es reconocer su existencia, no negarlo, ni ocultarlo ni minimizarlo. 3ª. Antes de iniciar conversaciones  con la insurgencia, quines representan los distintos intereses del establecimiento deben ponerse de acuerdo en qué van a negociar con la guerrilla.  4ª. En relación con los temas de negociación, debe partirse de la "agenda común" acordada entre  Pastrana y las Farc.

Los contextos donde se expidió la carta de derechos de la Constitución de 1991

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Los males de una sociedad cualquiera no dependen de su constitución política. Sin embargo, los grandes bandidos de la historia, ante las reclamaciones de sus pueblos, buscan un culpable de todos los problemas: la constitución. Esa disculpa no es nueva, la han utilizado todos, en todos los tiempos y meridianos. La pregunta que Polibio hace en el introito de sus Historias, es tan sólo un testimonio de esa falsa creencia: "¿Puede haber algún hombre tan necio y negligente que no se interese en conocer cómo y por qué género  de constitución política fue derrotado casi todo el universo en cincuenta y tres años no cumplidos, y cayó bajo el imperio  indisputado de los romanos?"[1]. En  Colombia, hoy se ataca la Constitución de 1991 por el Ejecutivo  porque fue promovida por movimientos estudiantiles y populares. Con esa sindicación se suplanta al pueblo y se simulan procedimientos constitucionales para quebrantar toda su estructura, de manera especial la denominada "carta de derechos".

Nuevo liberalismo

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Introducción

En el devenir de los pueblos siempre han existido disidentes y disidencias. ¿Por qué? Porque un puñado de malvados –así los llama Platón– se ha apoderado del mundo y ha sojuzgado por  siglos y milenios a la inmensa mayoría  de la población.  Ayer fueron los esclavistas, los señores feudales y los magnates de la industria, quienes construyeron templos, pirámides, castillos y fábricas con sudor y sangre de esclavos, siervos y obreros. Hoy, las transnacionales del comercio, las finanzas y las comunicaciones son los dueños del mundo y se apoyan en bandas de mercenarios, mafiosos y en reductos feudales de terratenientes que obran como títeres haciendo el trabajo sucio,  para quitar y poner gobernantes, reyes, legisladores, magistrados y generales a su antojo. Todos juntos –dueños  y títeres–  han hecho del mundo una pieza de teatro superior a la escrita por el más grande dramaturgo de todos los tiempos: el gran Shakespeare, estudioso por excelencia de las ambiciones, los odios, las pasiones y las venganzas del poder. Estos teatreros de la miseria, han convertido a un poco más de 6.000 millones de seres humanos en simples espectadores, y nos hacen reír o llorar según el género que nos presenten: comedia o tragedia.

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