La pobreza en la India
Hay muchas expresiones de pobreza. En la investigación que adelanté para escribir el libro Ilegitimidad del Estado, reforma radical o revolución de la diversidad, identifiqué parte de la mezquindad en los dos mundos. En el Tercer Mundo, las profundas desigualdades y exclusiones en nuestro país, en Perú y México, DF. Y la pobreza de Cuba, con educación y salud para todo el pueblo, y por lo mismo soportada con dignidad. Y en el mundo desarrollado, la ciudad faraónica de Nueva York: en un extremo Manhatan, símbolo del poder económico del planeta, y en el otro los barrios Harlem y Bronx, de negros e inmigrantes. Después de observar esa penuria variopinta, concluí que de los doce pecados capitales que hacen ilegítimo el Estado, la pobreza ocupa el primer lugar. Hasta entonces estaba convencido de que conocía toda la miseria del mundo.
Pero estaba equivocado, tan sólo conocía parte de la indigencia. Me faltaba conocer la más extensa y profunda: la pobreza de la India. Se trata de la pobreza explosiva en un país de pobres, pero a su vez de castas que desaparecieron en la Constitución de la Independencia de la India, pero no de la realidad social. Todavía perviven los sacerdotes, los guerreros, los comerciantes y los cultivadores de la tierra, y una quinta, que está por fuera del sistema por ser la de más bajo rango, la de los intocables, denominada dalit. La cuarta parte de la población, es decir, unos 250 millones de habitantes están por debajo del índice de pobreza. De éstos, la mitad pertenecen a la casta de los dalit.
El Foro Social Mundial de Mumbai, me puso en contacto con esa realidad. Y pude comprobar que los estudios realizados por varios sociólogos en Calcuta, y que yo había consultado en el contexto de la investigación sobre el Estado, no eran exagerados. Por supuesto, que Mumbai y Calcuta no son toda la India, pero sí sus dos ciudades más grandes -con sus áreas metropolitanas, 18 y 12.5 millones de habitantes, respectivamente- y seguramente donde se concentra la mayor pobreza. En Mumbai no hay necesidad de decirle al taxista o al guía de turismo, que lleven al visitante a los cinturones de miseria, porque ésta se encuentra localizada en toda la ciudad.
Del aeropuerto al centro de la ciudad de Mumbai, donde está el hotel en el que me hospedé, y de éste al lugar del FSM, la pobreza se halla presente. Parte de las calles y avenidas, los puentes y los parques, han sido invadidas por las familias, no sólo para poner sus ventas, sino para levantar sus cambuchos de hule y cartón que les sirve de vivienda. El hotel con pisos y columnas de mármol, pero rodeado de miseria hasta sus mismas puertas, y el propio edificio superpoblado de trabajadores, tal vez para ganarse algo de comida y el uniforme: hasta tres empleados atendiendo un mismo ascensor y pidiéndole dinero al huesped. Al sur de Mumbai, está la ciudad moderna, de elevadas torres, donde se hallan ubicadas las sucursales y agencias de las transnacionales. En una de estas torres está la empresa de aviación Alitalia. Aquí los contrastes no pueden ser más ofensivos: el parqueadero del edificio linda con un tugurio de latas, cartones y escombros de construcción; en la espalda de esas chabolas está escrito el nombre del ejecutivo, a quien se le ha asignado un puesto para parquear su carro.
Del Imperio británico, quedaron algunas costumbres, como el timón de los carros al lado derecho, pero sin la disciplina y pulcritud londinenses. En Mumbai guerrean taxis, buses, motos, triciclos y autos particulares, y a cual más combate con el pito y el acelerador como armas. Esto afea y empobrece más la ciudad. Y claro, no pueden faltar las legendarias vacas sagradas tumbadas en los andenes, mientras que los bueyes como medio de transporte, compiten en las calles con los automotores.
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