El juicio a los grandes criminales

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Desde el punto de vista humano el juicio a los grandes criminales es siempre conmovedor. Los hechos y los protagonistas de las últimas semanas de 2003 traen a la inteligencia los procesos adelantados contra los máximos asesinos. En el contexto internacional,  los  vejámenes que los esbirros del Imperio le hicieron en público a quien otrora fuera su títere, y la discusión que se ha generado en relación con el lugar, el tribunal que lo juzgará y la pena que se le ha de imponer. Capturado Sadam, sus acusadores hablan de cientos de miles de personas asesinadas o desaparecidas por el tirano de Irak.

En el marco de nuestra guerra,  la ley de impunidad  mantiene en vilo a las víctimas de los paramilitares. A los defensores de esta norma, les parece una genialidad argumentar que es imposible encarcelar a quince mil miembros de ese ejército paraestatal. Jamás en un tribunal de esta naturaleza se juzgan a todos los miembros de la tropa. En el caso del juicio a los criminales nazis, que es el más célebre de la historia, es bueno recordar algunas cifras. En 1939 el ejército alemán tenía en sus filas a 7.200.000 soldados, pero en 1944 contabilizó 10.300.000 efectivos. Sin embargo, no fueron llevados ante el tribunal de Nurimberg ni siquiera doscientos hombres.

En el otoño de 1943, el primer ministro británico Winston Churchill dijo que los aliados perseguirían a los culpables de aquella conflagración hasta el último confín de la Tierra y que los entregarían a la justicia. En abril de 1945, el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, encargó al juez Robert H. Jackson, miembro del Tribunal Supremo, de iniciar la preparación de aquel proceso internacional contra los dirigentes de la Alemania nazi. El juez Jackson eligió como sede para la realización de los procesos, la ciudad de Nuremberg, por dos motivos: en primer lugar, el palacio de justicia de aquella ciudad había quedado intacto después de la guerra y disponía de excelentes instalaciones y calabozos para encerrar a los criminales, y, en segundo lugar, como un símbolo, pues era en Nuremberg donde los nazis solían realizar sus masivas concentraciones y donde se dictaron las abominables leyes antisemitas.

En Nuremberg se llevaron a cabo trece procesos, en los que se juzgaron a 199 colaboradores de Hitler. Más exactamente, aquellas personas que constituían la elite del III Reich. El proceso se inició en la mañana del 20 de noviembre de 1945 y concluyó el 30 de septiembre de 1946, dando a conocer su veredicto el 1º. de octubre. Fueron sentenciados 19 criminales. A doce de ellos se les aplicó la pena capital, y a los demás,  cadena perpetua. Entre los condenados había dirigentes políticos, como Alfredo Rosenberg, teórico del nazismo; altos funcionarios del Estado, como Hjalmar Horage Greely Schacht, ministro de Economía, y militares, como el mariscal Alfredo Jodl, jefe del Estado Mayor de Operaciones de las fuerzas armadas de Alemania. Este fue el prototipo de criminal de guerra juzgado en Nurimberg.

Con todo, los últimos documentos de Jodl hacen estremecer el alma, por la profundidad de sus reflexiones y la entereza de su carácter.  En su alegato final le dice al tribunal que cumplió su deber con Alemania, pero que "ojalá tal deber sea reemplazado, en un futuro más feliz, por uno superior: el deber hacia la humanidad". A sus compañeros de armas, les pide: "Vuestras vidas futuras no deben estar llenas de tristeza y de odio". El 15 de agosto de 1946 le escribió la última carta a su mujer, a quien le dice: "Debes vivir y superar tu pena. Debes rodearte de amor y dar ayuda a quienes la necesiten". Al día siguiente Jodl fue ahorcado. ¿Qué ganó la humanidad con la eliminación  de este hombre? Absolutamente nada. La pena de muerte no devuelve la vida a los asesinados, ni restaña las heridas a la sociedad. Lo importante es conocer la verdad que ocultan los grandes criminales.

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