¡Calma señor general!
El denominado estatuto antiterrorista aun no ha entrado en vigencia. Cuarenta y ocho horas después de que las terroríficas normas hubiesen sido aprobadas en su octavo y último debate el Comandante del Ejército, general Martín 0rlando Carreño, se reunió con sus pares, los generalato de todo el país, para darles precisas instrucciones: ganar la guerra. A pesar de que la reunión fue sin la presencia de los medios de comunicación, la síntesis de sus consignas, órdenes y amenazas las hizo públicas a través de la entrevista concedida a Yamid Amat.
Aunque el general Carreño coincide con el presidente Uribe en urgir a la tropa para obtener resultados, hay un poco de incoherencia entre los dos discursos oficiales, pues el jefe de Estado niega que aquí exista una guerra, mientras el Comandante del Ejército la reconoce sin ambages. En efecto, una de las características del político pragmático -y Uribe lo es por excelencia-, es desconocer, desconceptuar, desacreditar, descalificar a sus contendientes, por carecer de argumentos dialécticos para convencerlos. Esa es la filosofía de la guerra: aplastar al otro. Y la primera etapa de ese aplastamiento es negar su existencia. Esa ha sido la constante del discurso del presidente Uribe: negar que en Colombia están vivos un conflicto social y una guerra irregular. Y se irrita porque los organismos internacionales y todos los ciudadanos no hacen lo mismo.
Es tanta la insistencia del presidente Uribe en desconocer al otro, que se le convierte en patológica, y por eso grita con rabia. Se recordará su célebre discurso del 8 de septiembre cuando arremetió contra las ONG defensoras de derechos humanos. "Esta no es una guerra -dijo-. Este no es un conflicto. Esta es una democracia garantista al servicio de 44 millones de ciudadanos, desafiada por unos terroristas ricos". Ahora ese discurso aparece en abierta contradicción con el juicio valorativo del general Carreño y de quienes reconocen que aquí hay una guerra que es preciso ganar.
Reconocer que en Colombia existe un conflicto y una guerra irregular, es comenzar a decirnos la verdad. Sin embargo, el general Carreño exagera la nota, con la creencia de que el estatuto antiterrorista tiene poderes mágicos. "Es una necesidad del pueblo colombiano, que lo pide a gritos", le dijo a Yamid. Y agregó que antes existían muchas dificultades de orden económico y político, pero que, una vez superados esos inconvenientes, la guerra se gana, "ahora o nunca". No obstante el patriotero optimismo del general Carreño, el asunto hay que ponerlo en blanco y negro. El estatuto es represivo y atentatorio de las libertades individuales propias de la democracia liberal, pero le faltan varios hervores para entrar en vigencia: decisión de la Corte Constitucional ante las posibles demandas que se presenten contra el acto legislativo; ley estatutaria que lo reglamente, y revisión de esta ley estatutaria por parte del alto tribunal de justicia.
Superados todos los anteriores trámites, el estatuto no pasará de ser un instrumento represivo e intimidatorio, pero no un mecanismo válido para alcanzar la paz, que es lo que se le ha hecho creer a la opinión pública. Vendrán capturas masivas de inocentes, interceptación telefónica, manoseo de la correspondencia íntima, allanamiento de residencias, revoltijo de ropas y enseres personales, humillación y degradación de la dignidad humana. Y todas estas arbitrariedades sólo ayudarán a repudiar el régimen que las ordena. El general Carreño está tan equivocado con la eficacia que tendrá el estatuto antiterrorista, como los invasores a Irak, quienes piensan que la captura de ese hombrecillo barbudo, demacrado y piojoso, llamado Sadam Hussein, traerá la paz en el Medio Oriente. La paz aquí y allá, sólo se alcanzará el día en que cesen las causas de la guerra.
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