Los retos de Baltasar Garzón
En Colombia durante las dos últimas décadas, pero especialmente durante los dieciséis meses del actual régimen han ocurrido tantos delitos y tanta impunidad que sólo nos queda la última esperanza: las decisiones que en el futuro tome el juez español Baltasar Garzón o quien lo suceda. La angustia de los veintisiete millones de pobres por sobrevivir, y entre éstos, los once millones de indigentes que se pelean con los perros y las aves de rapiña las migajas de comida, impide pensar y entender la dimensión de lo que está sucediendo en nuestro país. Únicamente reflexionando con un texto de Platón, sobre la tiranía puede entenderse la dialéctica de nuestra desgracia. "El tirano, ante todo -dice Platón- promueve las guerras, para que el pueblo tenga la necesidad de un conductor. Y también para que el pago de los impuestos de guerra haga pobres a los ciudadanos y los obligue a dedicarse a los cuidados de cada día, de modo que conspiren menos contra él".
Así sucede entre nosotros. Las propias tragedias domésticas de cada cual, se comen todo el tiempo, nublan la conciencia y evitan razonar y observar con detenimiento el conjunto de la sociedad. Y como se van sucediendo los hechos, no se ve que en el corto o mediano plazo se vaya a impartir justicia en Colombia. Para hacer un análisis sistemático de todo lo ocurrido en el contexto de la justicia-impunidad se necesitan varios libros. Y contemplar lo primero que se acerca al umbral de la inteligencia, produce escalofrío: por una parte los delitos, y por la otra, las acciones, decisiones y manifestaciones de los más altos magistrados de la Nación.
Como por encanto, a partir del 7 de agosto de 2002 las rejas se abrieron para que los procesados por violación de los derechos humanos quedaran libres. Los fiscales que conducían esos casos fueron despedidos y se hallan en el exilio. En la investigación del horrendo crimen del club El Nogal, una fiscal fue retirada del proceso y al siguiente lo asesinaron. Se capturan por simple sospecha poblaciones enteras. En Ovejas (Sucre) detienen a 128 personas y como el fiscal no encuentra pruebas las deja en libertad. Entonces, la ministra de Defensa ordena que las recapturen y el fiscal del asunto es separado del caso y es llamado a rendir indagatoria. El presidente Uribe pide a la fuerza pública "que haya capturas masivas" y repite "capturas masivas". ¡Cómo es posible que un abogado, que además es el presidente de la República se atreva a tanto! ¡Que se levante alguno de sus antiguos profesores de teoría del Estado o de pruebas y revire!
En el marco de lo que se ha denominado negociación -una negociación se hace entre dos partes y aquí no las hay-, se concentran 855 jóvenes en La Ceja. Las crónicas dicen que cada uno de ellos ha cometido entre dos y tres asesinatos. Eso es grave, pero resulta ridículo que el Fiscal General pida que las armas no sean fundidas, porque hay que investigar "si con alguna de esas armas se cometió algún delito". De todo lo dicho y escrito sobre la "desmovilización", es preciso rescatar una frase de Giovanni Marín o "Comandante R", quien le dijo a Semana: "Si se tratara de combatirlos (se refiere a la guerrilla) con las ideas pues hubiéramos tenido batallas dialécticas". Ojalá vengan pronto esas batallas.
La más escandalizada de todo este drama, es la comunidad internacional. Aquí está nuestra última esperanza: el juez Baltasar Garzón. Desde los ochenta viene aplicando justicia. Y, pura coincidencia: sus primeras decisiones fueron contra militares y policías por "gastos reservados", y contra paramilitares. Ya actuó ante los crímenes ocurridos hace treinta años en el Cono Sur. Ahora, Garzón tiene un reto por lo acaecido en Colombia: que los crímenes atroces y los menos atroces no se queden impunes. Alguien debe responder por tantas capturas masivas de inocentes y por tantas libertades masivas de criminales.
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