Congreso y Ejecutivo

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El miércoles 19 de noviembre en la noche se hundió el proyecto de acto legislativo, mediante el cual el Gobierno pretendía una reforma estructural a la Constitución, y de paso revivir nueve de los quince artículos que la ciudadanía rechazó el 25 de octubre. Indudablemente fue un revez para el presidente Uribe y un indicio de que el Congreso pretende recobrar su soberanía. Ésta fue amenazada desde la época de campaña del actual jefe de Estado, y, realmente  menguada a partir del 7 de agosto de  2002. No se sabe de dónde sacaron el presidente Uribe y sus lúcidos asesores, el soporte jurídico de una intimidación que hizo carrera durante el proceso electoral y mantuvo hipnotizada a toda la opinión pública y humillados y atemorizados a los congresistas, hasta el punto de impedirles deliberar a conciencia. En efecto, lo que quedó en la inteligencia de los colombianos, es que antes del referendo, los legisladores no actuaron por convicción ideológica sino por el temor de ser revocados por el presidente de la República.

Hace exactamente un año, en la última semana de noviembre de 2002, el entonces presidente del Senado, Luis Alfredo Ramos, también tuvo un gesto de independencia al votar negativamente la eliminación de las personerías del proyecto de ley que convocaba el referendo. En ese momento Ramos dijo, que no era ficha de nadie, que era un aliado del presidente Uribe y que no sería un apéndice del Partido Uribista que se pretendía constituir. También dio a entender el legislador antioqueño, que cada artículo de la ley de referendo había tenido dos votaciones: una previa, ante el jefe de Estado en la Casa de Nariño y otra de ratificación en el Congreso. Esa fue la realidad del trabajo parlamentario hasta el 19 de noviembre de este año: una parte del Congreso -el uribismo-, decidió cómo votar los proyectos del Gobierno, no en sus instalaciones sino en el Palacio de Nariño.

Pero parece que la correlación de fuerzas entre el Legislativo y el Ejecutivo ha variado, como consecuencia del hundimiento del referendo, y son los mismos uribistas los que dan su voz de alarma sobre la nueva realidad. El senador Rafael Pardo, dice que lo que ocurrió en la noche del miércoles 19 de noviembre es la notificación de que las mayorías gobiernistas se perdieron. La representante  Sandra Ceballos, dice que el Gobierno debe revisar todo lo que venía haciendo porque el Congreso también está modificando sus esquemas de trabajo. Pero el senador Gabriel Zapata, es más gráfico en la descripción de esas relaciones.  "No hay concertación -dice- por más desayunos o almuerzos que inviten. Nos invitan a imponernos unas reformas y eso enfría la relación".

Sin embargo, los legisladores en particular, y los colombianos en general, no podemos estar tranquilos con la aparente independencia del Congreso, pues el presidente Uribe no dejará la obsesión  de imponer su voluntad. Así lo manifestó una vez que conoció los resultados de la votación. "Lo que pasó en el Senado -dijo- el Gobierno lo asimila con profundo respeto, pero nos preparamos para presentar una nueva reforma en el mes de marzo". Esto significa que el  presidente Uribe no va a ceder en presiones, halagos, amenazas, gritos y rabietas para  consolidar su régimen neoliberal, de miseria y exclusión. La nueva ronda de vilipendios a los legisladores, la inició en Cartagena. Y con su habilidad de político pragmático -léase politiquero- no escatimará esfuerzo alguno para quebrantar la conciencia de los más valiosos congresistas que se atrevan a pensar por cuenta propia.

¿Qué hacer ante la constante amenaza de convertir al Congreso en un apéndice del Ejecutivo? El fuero de cada legislador es soberano y sobre él nada podemos hacer. Pero los simples ciudadanos debemos mantener viva la conciencia y la moral a toda prueba. Que lo perdamos todo: la libertad, el empleo, el derecho a opinar y la vida, pero no la moral.

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