Piense en el hombre, presidente Uribe
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Llegó la hora de la verdad. Ahí está el nuevo gobernante y los legisladores que lo acompañan con su artillería de reformas. Durante su campaña y a partir del 26 de mayo Uribe anunció reformas substanciales para acabar con la politiquería, la corrupción y el cambio de las costumbres políticas, y algunos de sus colaboradores han hablado de cambios radicales y de refundación del Estado. Al asumir el mandato, se observa que se proyectan dos reformas. En primer lugar, un referendo que contiene un congreso unicameral o bicameral pero reducido a 160 miembros, prohibición de auxilios a congresistas –en Colombia no hay parlamento–, supresión de suplencias, contralorías y personerías, y la revocatoria del mandato. En segundo lugar, un Estatuto Antiterrorista, mediante el cual los organismos de inteligencia podrán detener e interrogar a las personas, durante 36 horas antes de ponerlas a disposición de la Fiscalía General de la Nación.
Un artículo más o un inciso menos, nada de lo anterior se proyecta directamente sobre las personas que legislan, gobiernan o juzgan, sino sobre las frías instituciones que conforman la Estructura del Estado. Con otras palabras, los proponentes de la reforma no se han dado cuenta de que detrás de los actos del Estado, siempre hay hombres determinados de carne y hueso, con sus intereses, vicios, pasiones y virtudes: figuras prominentes, preocupadas por el interés general o simples personas ambiciosas de riqueza y de poder. Son las personas naturales, no el ente abstracto o sus instituciones, las que conceden entrevistas, aparecen en los medios de comunicación y, para bien o para mal, ejercen dominio sobre las cosas y los hombres.
Modificar una institución, en este caso el Congreso, es relativamente fácil. Basta amenazar o sobornar a sus miembros para que acepten su castración: una sola cámara o dos pero con 160 miembros en total, supresión de suplencias y auxilios, y convocatoria a elecciones anticipadas –léase revocatoria–. Esto, aparentemente es a corto plazo, pero como se deben cumplir los trámites, antes de un año es imposible tener lista la reforma. Y bueno, cambió la institución. Vienen otras elecciones y salen elegidos los mismos: los más ambiciosos, los más audaces, los que más griten, los que más gruñan, los que más pateen, los que más votos compren, los más influyentes en los medios de comunicación.
Y así sucederá mientras no se piense en el hombre que se halla aprisionado por unas costumbres políticas centenarias. Una costumbre es un conjunto de normas sociales que moldean la conducta de los hombres, y cuando la costumbre ha logrado echar raíces en un segmento de la población, se vuelve un hábito, una rutina, crea valores, convicciones éticas y principios morales. En suma, forma una cultura. Es esto lo que hay que desmontar en Colombia. ¿El presidente Uribe, su ministro Londoño Hoyos o alguno de sus gerentes de empalme ha convocado a los legisladores a una reunión que no sea para amenazarlos u ofrecerles zanahoria? ¿Han hecho con ellos un curso intensivo, un seminario o tan siquiera un congreso de tres días para estudiar en un plano de igualdad la desgracia que viene nuestro país? ¿Cuál es el plan que tiene el presidente Uribe para hacer de sus legisladores y de sus ministros, nuevos hombres de Estado?
En Colombia se necesita formar un nuevo hombre de Estado: un nuevo legislador, un nuevo gobernante, un nuevo juez. Esto no se logra con un pugilato entre poderes, con el desgaste entre Congreso y Gobierno. Se consigue iniciando ya, un trabajo de educación y formación política que se proyecte a mediano y largo plazo. Cuatro años es un lapso suficiente para distinguir entre interés público e interés particular, para examinar la sociedad y el Estado, para aprender que el Estado debe estar al servicio de todos los colombianos y no de la pequeña minoría que legítima o ilegítimamente asalta sus instalaciones. En consecuencia, presidente Uribe, es el momento de pensar en el hombre, pero no para amenazarlo y hostigarlo, sino para educarlo y convencerlo de la bondad de su programa y de su régimen.
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