La hora de Latinoamérica

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Concluyó la XIII Cumbre de jefes de Estado iberoamericanos y el momento es propicio para pensar en Latinoamérica. El escenario denominado Cumbre Iberoamericana tuvo su primera versión en Guadalajara (México) el 18 y 19 de julio de 1991. La de mayor fastuosidad fue la II, que se realizó en Madrid entre el 23 y 24 de julio de 1992, en el marco del quinto centenario del descubrimiento de América. Esa segunda edición de la Cumbre fue el acontecimiento más importante de política internacional de la comunidad  iberoamericana en el año de 1992.  Sin embargo, no estuvieron en España tres mandatarios suramericanos, cada uno por una causa distinta. Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela, porque venía del "cacerolazo" y de la rebelión militar liderada por el coronel Hugo Chávez. Alberto Fujimori, porque estaba atendiendo su propio golpe de Estado en Lima. Y el presidente colombiano César Gaviria por los problemas del narcotráfico.

Se habla de Latinoamérica como si todo este subcontinente  tuviese una cultura homogénea. Aunque  todos estos países tienen un pasado ibérico común, y a todos los unen una lengua de origen latino y  una misma religión, en sus bases precolombinas hay una diversidad de culturas e ideales que aún se mantienen y  que resultaría equivocado pretender desconocer y homogenizar. Para sólo mencionar algunos ejemplos,  el   componente indígena todavía es muy  sólido y  determinante de la nacionalidad en México, Guatemala, Ecuador, Perú y  Bolivia; mientras que en Colombia, Venezuela y Chile la población indígena ha sido diezmada y  se ha impuesto con mayor intensidad el mestizaje.

Pero en medio de esa diversidad cultural, durante los últimos doce años, los pueblos latinoamericanos se han movilizado, cada nacionalidad a su manera, para  resolver unas mismas necesidades y rechazar enemigos y  agresores comunes: neoliberalismo,  transnacionales, banca multilateral y el acuciante Imperio. Desde el Río Grande  hasta  Tierra del Fuego, pasando por Venezuela, Brasil Ecuador,  Perú y más recientemente Bolivia, las masas heterogéneas  pero unidas en la dignidad, han dejado oír su voz de protesta. Esos vientos renovadores  alcanzaron a tocar las fronteras y el corazón de Colombia en las votaciones del 25 y 26 de octubre de 2003.

Todas las asambleas, encuentros y cumbres de presidentes son inocuos, porque en ellos no se piensa ni se dialoga: se hace ostentación de poder y vanidad ante los demás. Y la Cumbre Iberoamericana no puede ser la excepción. Sin embargo, en la que se realizó en Santa Cruz de la Sierra, hubo un testimonio del más hondo contenido sociológico y político. Nadie lo planificó así: el destino de los pueblos también es caprichoso.  Acaeció, justo doce años después de que  mestizos, indígenas y clase media en general, comenzaran a enfrentar el neoliberalismo,  y tres semanas más tarde de la huída del presidente boliviano,  Gonzalo Sánchez de Lozada, ante la implacable ira popular

Durante tres días el pueblo boliviano, por intermedio de sus instancias sociales y políticas, deliberó y produjo un documento, que fue leído por el médico indígena Eduardo Medina, ante la Cumbre de mandatarios.  Más que una declaración es un poema épico, que contiene la riqueza cultural y material, el sufrimiento y la lucha  de las gentes de Latinoamérica. Cada palabra, cada frase, cada párrafo, es una lección de historia y de ciencia política, para quienes piensan que este mundo de injusticia y exclusión, así como está estructurado, está bien. Y en medio de ese ambiente, el presidente Lula del Brasil, enarboló la bandera de la soberanía latinoamericana, y convocó a los demás países a luchar contra el Alca. Aun faltan mucha integración y solidaridad entre los pueblos, y visión continental por parte de sus mandatarios, pero la hora del amanecer está llegando.

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