El culto a la personalidad
Los hechos del 25 y el 26 de octubre le han dejado al presidente Uribe, y en general a todos los colombianos, una lección al culto a la personalidad. El concepto personalidad es uno de los más difíciles de definir y tratar en psicología, filosofía y ciencia política. La mayoría de los autores está de acuerdo en que la palabra "persona" se deriva del griego prosopon, que significa máscara. Era la careta con la cual los actores de teatro cubrían su rostro. Atendiendo a este significado, la palabra persona es una careta o disfraz que oculta la verdadera individualidad del ser humano. Esto es, detrás de esa máscara externa que es la persona se esconde el hombre verdadero, con vicios y virtudes, pasiones e intereses. Al institucionalizarse la esclavitud, hubo un largo período de la historia, en el que el concepto de persona adquirió dignidad y se reservó sólo para un pequeño grupo de hombres: los privilegiados. Los demás, es decir, los esclavos, eran tratados como animales, tenían dueño y podían comprarse, venderse o alquilarse, al igual que las bestias.
Es un lugar común decir que cada sociedad tiene los gobernantes, los jueces y los policías que se merece. Un hombre que, bajo cualquier circunstancia -robando, asesinando, heredando e incluso trabajando honradamente-, haya logrado concentrar en sus manos una fortuna considerable o haya alcanzado el poder, es objeto de contemplación y simpatía por la generalidad de las personas, u opinión pública, de su entorno social. En una reunión, así sea inmensa, es él o ella quien concentra todas las miradas; se aplauden todos sus gustos, se comparten y se obedecen todos sus deseos, porque éstos son órdenes. La gente del pueblo desea servirle al rico o al poderoso, sin otra recompensa que la vanidad o el honor de tener su agradecimiento, porque a los ricos y a "los que gobiernan, aunque sean unos tontos, hasta Dios los ayuda", decía Sancho. Sus "compatriotas" tiemblan y se postran. Basta una sonrisa como retribución suficiente para compensar cualquier servicio.
He ahí, el culto a la personalidad. O la divinización en vida de los emperadores, gobernantes y tiranos, es decir, la adoración fanática impuesta por los regímenes totalitarios hacia las personas que representan el sistema. Cuando el culto a la personalidad llega a la creencia de que al gobernante no se le debe contradecir porque es infalible, se confunde con el mesianismo, esto es, con la fe en que el "gran hombre" traerá el resurgimiento colectivo para conseguir o llevar acabo un estadio final de la sociedad o coronación de la felicidad.
El culto a la personalidad ha existido en todos los tiempos. En la antigüedad la estimulaban y la exigían los emperadores. Durante siglos fue peculiar en las monarquías, autocráticas y absolutistas, a las cuales rendían pleitesía servil los palaciegos y cortesanos. Fue propia del fascismo, del nazismo, del falangismo y de los momentos más duros del socialismo soviético; así que Mussolini, Hither, Franco y Stalin fueron los más grandes artífices del culto a la personalidad. Y han existido muchas otras copias en África, Asia y Latinoamérica, donde ha surgido el caudillismo.
El culto a la personalidad, que en el presidente Uribe comienza a hostigar a la opinión pública colombiana también ha sido detectado por observadores extranjeros. El politólogo Laurence Whitehead, de la Universidad de Oxford, en entrevista para El Tiempo (11-09-03) nos advierte a los colombianos que tengamos cuidado con el "hombre salvacionista" que hoy ocupa el poder. "Me refiero al surgimiento -dice Whitehead- de un individuo que cree que puede solucionar los problemas que las instituciones no pueden resolver. Hemos visto muchos hombres salvacionistas y cómo terminan. Suponiendo que ese hombre sea muy bueno, hay que pensar en qué pasará cuando desaparezca de la escena. Estos personajes suelen dejar detrás de sí una institucionalidad muy débil".
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