De la caverna a la realidad

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El mito de la caverna de Platón es una de las parábolas más célebres de la filosofía. El pensador ateniense la presenta en el libro VII de la República por boca de Sócrates, y por desgracia identifica el momento que vive Colombia: el violento lenguaje del presidente Uribe. En síntesis, la alegoría  enseña que en el fondo de una caverna se encuentran desde niños unos hombres -‘son como nosotros' dice Platón- atados del cuello y de los pies de tal manera que no pueden voltear a mirar. Tan sólo pueden ver el fondo de la gruta y las sombras y apariencias que se forman por la luz que penetra por la puerta de la misma. A uno de los prisioneros se le quitan las cadenas,  sube  a la luz y luego desciende a la caverna nuevamente, sufriendo dos choques a vez: uno por el paso de la oscuridad a la luz y el otro  por la irracional incomprensión de sus antiguos compañeros de tinieblas.

La primera turbación se produce por el contacto con la luz que de momento deja ciego al prisionero recién liberado, pero luego va observando la realidad, reconociendo que antes se hallaba engañado por simples apariencias y poco a poco va adquiriendo la capacidad para ver todo hasta contemplar el propio sol. Se alegra por conocer la belleza de las cosas y se apiada de quienes aún siguen encadenados y engañados en  el antro. El segundo impacto se produce al descender a la caverna y contar la realidad a sus antiguos compañeros de prisión, pues al explicarles que viven un mundo umbrío, aquellos en vez de agradecerle sus esfuerzos para liberarlos, se enfurecen y tratan de matarlo como le pasó a Sócrates. Platón concluye que la educación puede dar a conocer la realidad del mundo.

La metáfora no puede ser más aleccionadora. Quienes han ocupado la primera magistratura de la Nación han estado atados a  la caverna del poder, y la propia experiencia les ha enseñado que desde allí no se ven sino sombras y reflejos, y sólo se escuchan rumores  que esconden la verdad. Pero ahora liberados de esas cadenas, han contemplado a la luz del sol toda la realidad colombiana: la existencia de una guerra que no ha logrado ganar el Estado, la privación injusta de la libertad de  militares y civiles, la angustia desgarradora de sus familiares y la necesidad de un intercambio humanitario. Y le envían tal mensaje al presidente Uribe, pero éste en vez de agradecerles su colaboración, se llena de ira santa, se niega a ser su interlocutor y los sindica de ser los legitimadores del terrorismo. Y cuatro días después, en la Semana por la Paz, se viene con el más violento y amenazante de todos los discursos, desde su posesión.

Muchos interrogantes deja la soberbia del presidente Uribe. ¿Si no admite como interlocutores a quienes son sus pares, qué pueden esperar los demás colombianos? ¿Si López, Turbay y Samper son tildados por el iracundo Presidente de ser legitimadores del terrorismo, qué podemos esperar los simples mortales que disentimos de su  autoritarismo? ¿Si el Presidente actúa así, cuando aún no dispone de todos los instrumentos dictatoriales que está preparando a través del Congreso y del Referendo, cómo será cuando los tenga? ¿Si hoy, su intolerancia no resiste ni la petición de los ex presidentes, ni el balance crítico de las Ong, cuál será su proceder cuando haya sido reelegido? ¿Les quedará algo de dignidad a los ex presidentes y congresistas liberales o seguirán arrastrándose a nivel de la caverna?

¡Calma señor Presidente! Si siente que  no tiene la madurez ni la estatura del estadista para  entender la angustia de su pueblo  ni las dolencias de  nuestra sociedad, aumente las gotitas homeopáticas y el tiempo de yoga. Según sus propias creencias, estos dos artificios le pueden dar la serenidad necesaria para no seguir rociando de gasolina la hoguera del conflicto. Pero siga el consejo de Platón: edúquese, infórmese, conozca la realidad.

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