El drama del mundo

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Pese a la capacidad depredadora del hombre, todavía se conservan muchas cosas bellas en el mundo. Las enciclopedias registran algunas de esas cosas bonitas, la mayoría las podemos palpar con nuestros sentidos y  cada cual las puede evocar a su manera. Las Pirámides de Egipto y las  seis maravillas más, los Alpes cubiertos de nieve en primavera, las Cataratas del Niágara y el Parque Central de Nueva York, un espectáculo en el cabaret Moulin Rouge de París o una cena a orillas del Danubio. En nuestro país aún nos quedan hermosos paisajes con sus ríos, sus montañas, sus páramos elevados,  sus profundos cañones, la alfombra verde de la selva amazónica, los carnavales, las competencias deportivas, los festivales de música, el Desfile de Silleteros y el piafar vencedor del caballo del presidente Uribe.

Claro que hay cosas más elementales, baratas y humanas de singular perfección en cualquier lugar del planeta: la intensidad azul del cielo en una noche de luna llena y de estrellas titilantes, la tierna sonrisa de un niño que a los once meses quiere dar sus primeros pasos y articular sus primeras palabras, el abuelo venerable que  juega como un niño con su nieto, y mil y un pasajes más de la vida cotidiana de la gente simple.

No obstante las infinitas expresiones de belleza, así no está bien el mundo. Una exigua minoría ha hecho de éste,  un drama. Terratenientes, industriales, transnacionales del comercio, las finanzas y las comunicaciones son los dueños del mundo y ponen y quitan gobernantes, reyes, legisladores, magistrados y generales a su antojo. Todos juntos -dueños  y títeres-  han hecho del mundo una pieza de teatro superior a la escrita por el más grande dramaturgo de todos los tiempos: Shakespeare. Han convertido a un poco más de 6.100 millones de seres humanos en simples espectadores, y nos hacen reír o llorar según el género que nos presenten: comedia o tragedia. Se hallan absortos en el apasionante encanto de su vida, que es de príncipes. Y en medio de esa felicidad tan perfecta todos se hallan ensimismados en su escenario, y mediante sus grandes cadenas de comunicaciones, nos mantienen ciegos, sordos e hipnotizados, para vendernos su mundo. Hace tiempos la inmensa mayoría de la población mundial está llorando de hambre, miseria y exclusión. Pero aún así, a veces nos hacen reír  las bufonadas de directores y actores.

¿Cuándo comenzó ese drama? Hace, no más de 5.500 años, es decir, tan pronto una jefatura política trascendió al primer Estado, en el país del Sumer, al sur de lo que hoy es Irán e Irak, ahí donde ahora hay un campo de concentración con 3.000 iraquíes hacinados. Contra ese injusto drama se han levantado hombres y pueblos: en ocasiones con sus herramientas y armas, casi siempre con el poder de la palabra. Jesús, entre ellos. Pero mucho tiempo antes, lo habían hecho los esclavos egipcios (2200 a.C.), Hesíodo, Sócrates, Platón y Espartaco. Y después, Paine, Marx, Lenin, Gandhi, Saramago y todos los intelectuales y artistas, salvo los pocos  fletados a  los regímenes de todos los tiempos.

Colombia no se escapa de ese drama. Somos parte de él. Estamos en un retazo de su geografía. ¿Qué hacer? Cambiar el mundo. Son, pregunta y respuesta de los pensadores. En medio de ese drama, aquí hay mucho por hacer: disentir -es lo menos-, reflexionar,  dialogar, protestar en la calle,  hablar tímidamente, porque si se dice todo lo que la conciencia dicta, hay dos riesgos seguros. En la dirección del drama no hay interlocutor que quiera oír, y la pena de muerte asecha. La bala puede venir de cualquier flanco.  Que la actitud de Galileo nos sirva de fortaleza, en estos días ominosos. De rodillas ante la Inquisición,  debió abjurar  de sus ideas acerca del movimiento  de la Tierra. Pero una vez de pies, también en voz baja dijo: "Y sin embargo se mueve".

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