No a las armas
A las de aquí y a las de allá. Todos los hombres y todas las mujeres consideran la paz como uno de los valores más preciados de la humanidad, pero muy pocas voces se pronuncian por la destrucción de las armas. Son conductas contradictorias, pues glorificar la paz será siempre la más grande falacia mientras los instrumentos y los sujetos de la guerra puedan ser utilizados a su antojo por pandilleros y terroristas internacionales y locales que asesinan en masa a la población civil. La paz será una ilusión mientras las armas estén en las fábricas, los arsenales, en los escondrijos, en manos de los ejércitos y aun en las de los civiles. No son suficientes un suspiro, un anhelo, un poema o un paisaje por la paz. Pueden ser un buen comienzo, pero es indispensable un rechazo a las armas de todos las naciones, enérgico y prolongado, con todas las fuerzas de nuestro aliento y con toda la inspiración de nuestro espíritu.
En todos los países, el gasto militar es considerablemente alto frente a la inversión social en educación y salud. Por ejemplo, el presupuesto militar que Estados Unidos ejecuta en la vigencia fiscal de este año es de 383.000 millones de dólares, más 16.800 millones para ojivas nucleares y 146 millones para combatir el terrorismo biológico. En el mundo hay un soldado por cada 43 personas y un médico por cada 1.030 pacientes eventuales; con un solo minuto de gasto militar en el orden mundial se podría alimentar a 2.000 personas durante un año. Y en Colombia, ¡no nos mintamos más! La guerra chupa todo el presupuesto y pide más: se cierran hospitales mientas de instalan batallones.
La competencia por los armamentos es una disputa hacia un campo minado: cuando un Estado trata de intimidar a otro por medio de las armas, lo que consigue es que éste se arme más y aumente su agresividad. Y a medida que se surten los arsenales de las naciones, crecen las provocaciones, los desafíos y el peligro, porque una nación provista de armamento es como un sicario con pistola o subametralladora al cinto: a cada uno, el arma le infunde la seguridad intrínseca y la decisión de matar. Aquí se repite un fenómeno de psicología que aún falta estudiar seriamente: psicología individual en el sicario, psicología social en las naciones. Guardadas las proporciones, una nación armada es, para su hipotético enemigo, lo que es el sicario para su víctima. Sólo que, en el caso de un Estado, no es una persona pensando en su enemigo sino un equipo de hombres planeando maniobras y estrategias para matar en masa, para destruir un ejército o para someter un pueblo inerme.
En medio de la cultura de armas y de guerrea que vivimos en Colombia, han saltado a la palestra dos émulos de Nicolás Chauvin, aquel soldado de Napoleón que fue herido diecisiete veces. De ninguna murió, pero sí, de grosero patriotismo. Quienes se estrenan como soldados del nuevo Napoleón tejen hipótesis de armamento pesado, trazan estrategias contra el presunto agresor, inspeccionan la retaguardia de los enemigos y nos matan del susto a todos los colombianos. Juan Manuel Santos, soldado napoleónico, y a su vez amplificador de las alarmas de Bush, nos informa que se ha creado otro eje del mal: Fidel-Chavez-Farc. Alfredo Rangel nos dice que estamos rodeados por las cuatro esquinas, en todas las fronteras observa rutas de Ho Chi Minh, campamentos guerrilleros y pueblos de aprovisionamiento para treinta mil personas.
Si la cosa es como dice Santos, se avecina un escalamiento armamentista en la región; si es como dice Rangel, será imposible derrotar a las Farc en los dieciocho meses que se ha puesto de plazo el Gobierno para cumplir con ese objetivo. A mi juicio, el problema no es tanto de chavizmo sino de exagerado chauvinismo.
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