¿A qué juega el presidente Uribe?

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A varios juegos a la vez: a la guerra, a ser el Hayek de Latinoamérica, el estadista de este continente, el azote del terrorismo mundial, a ejercer soberanía en Arauca por tres días; con sus caballos también juega, y a través de sus áulicos a la reelección presidencial. Y a un montón de juegos peligrosos. Pero a ninguno de estos pasatiempos quiero referirme ahora, sino al juego del referendo.  Parece que el presidente Uribe y la cúpula de su gobierno le estuvieran apostando al fracaso. El hecho de convocar el referendo para el 25 de octubre, 24 horas antes de la elección de autoridades locales y regionales, es sencillamente, hacer coincidir los dos actos. Hay tanta coincidencia que será la misma infraestructura física (casetas, mesas, urnas, cubículos, líneas extras de teléfonos, computadoras, etc.) y el mismo equipo humano.

La publicidad será la misma: saldrán las imágenes de televisión invitando a votar el sábado 25 por el referendo y unos segundos después llamando a votar el domingo 26 por autoridades locales y regionales, o al revés. Ya hay candidatos que sin el más mínimo pudor juntan los dos llamados en una sola imagen. De cualquier manera que lo hagan, la preparación psicológica del electorado es una misma: vayamos a votar. Este fin de semana es de elecciones. Es tanta la identidad de los dos actos, que la jornada de trabajo de los funcionarios y empleados electorales será continua: 48 horas de correndillas, angustias y estrés. No hay nada más, se trata de un solo proceso electoral: 3 meses de campaña igual y 24  horas de concurrencia de la gente a las urnas.

Así las cosas, el referendo tiene dos tropiezos. El primero sociológico y el segundo jurídico. El primero se debe a  que el pueblo colombiano no tiene la cultura de salir a votar el día sábado. La elección en nuestro país es un rito de fiesta dominical, que se diferencia un poco entre las grandes ciudades, y el campo y pequeños poblados. Entre los electores citadinos a su vez hay dos clases: los madrugadores y los perezosos, pero ambos hacen de las elecciones una ceremonia de domingo.

En el campo y en las pequeñas poblaciones, la cultura de votar el domingo es más acentuada. La preparación comienza desde el día anterior: el campesino hace todas sus tareas de fin de semana el sábado, de tal modo que el día domingo es sagrado, sólo y únicamente para salir al casco urbano a votar. Y claro, a comer y a beber, generalmente por cuenta del candidato.  Lo anterior significa que el elector campesino, va a tener dos días de comida y bebida gratis. El domingo 26 será por cuenta de los candidatos. La del sábado 25,  a cargo de todos nosotros, para eso hay 120.000 millones de pesos, o los que sean, lo importante es romper la sociología electoral. El presidente Uribe todo lo rompe, hasta la paciencia de este pueblo, que es estoicamente paciente.

El riesgo jurídico consiste en que hay una prohibición expresa en la ley 134 de 1994 -estatutaria de mecanismos de participación-: la votación del referendo  no podrá coincidir con ningún otro acto electoral (art. 39). O deliberadamente se quiere que el referendo sea nulo o el presidente Uribe y su alta burocracia creen que los 24 millones de electores somos una ‘caterva' de tarados, que no alcanzamos a darnos cuenta que se trata de un solo proceso electoral. Hasta allá no llega la depauperación de la inteligencia colombiana. Si se obra a sabiendas de la nulidad ¿qué busca Uribe? ¿Hacer otro referendo más drástico? Tampoco está permitido de manera inmediata, porque lo prohíbe la misma ley estatutaria (art. 46): dentro de los dos años siguientes, no podrá haber un referendo sobre el mismo tema. Pero si el juego de la reelección les resulta, el  presidente Uribe y sus obsecuentes  dispondrán de  cinco años más, una vez vencidos los dos de la prohibición legal.

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