Las grandes ligas de la corrupción

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Con el pecado y sin el género, el profesor Jorge Enrique Ibáñez, tocó las grandes ligas de la corrupción. Su pecado no consistió en decir que en la cúpula del ministerio del Interior y de Justicia se encuentra un hombre de conducta tortuosa, pues eso lo sabemos  todos los colombianos, sino en dejarse tentar con el viceministerio, y en prestar -como él  dice- su hoja de vida para que fuese evaluada. Pero, -¡quién lo creyera!-,  hay marcas mayores de corrupción, que escandalizan a todo un continente. Me refiero a quien ocupa hoy la presidencia del Consejo Europeo: Silvio Berlusconi. A pesar de que Italia, por antonomasia, es el país de la estafa y de la corrupción y de que todos los partidos políticos y sus líderes se han revolcado en ese lodazal, Berlusconi ha roto el récord. Para él todo es comprable: la libertad, la dignidad, la conciencia, los jueces y el Parlamento.

¿Cómo llegó este hombre a concentrar tanto poder económico y político a la vez? Los detalles no se conocen, pero los procesos por soborno son un indicio que lo delatan. Nacido en Milán en 1936, hijo de un banquero y con título de abogado, comenzó su carrera de amasar fortuna  en 1976, instalando una red de cables en un barrio residencial de su ciudad natal y diez años más tarde ya controlaba 45 sociedades distribuidas en negocios de televisión, prensa, finca raíz y otras industrias diversificadas, y contaba con 14 periódicos, entre estos Il Gironale y La Reppública, la empresa de publicidad  Fininvest, y  varios canales de televisión: Canal 5, Italia 1, Rete 4 de Italia; La Cinq de Francia, y Tele 5 de España.

En 1994 los partidos políticos italianos se hallaban carcomidos por la corrupción, y algunos de sus líderes  en la cárcel, procesados por los jueces de ‘Manos limpias'. Es cuando el magnate de la televisión aprovecha la oportunidad y crea la coalición de derecha Polo de la Libertad y del Buen Gobierno y funda el partido Forza Italia, inspirado en el equipo de fútbol Milán, que también es suyo. En torno a la nueva coalición se congregaron los miembros de la Liga del Norte  y los neofascistas de la Alianza Nacional. Así participó Berlusconi en las elecciones italianas de marzo de 1994, siendo Forza Italia el partido más votado. El socialismo, otrora victorioso, obtuvo tan sólo el 1.8%, mientras su vocero Bettino Craxi huía a Túnez para evitar ser encarcelado por corrupción.

Y aunque en diciembre de aquel año la popularidad de Berlusconi se había deteriorado por tener que acudir ante los jueces de Milán a responder por soborno  a la policía financiera, es desde entonces el hombre fuerte de la política italiana, a base de  comprar conciencias y de sobornar autoridades. Llegó a acumular tantos y tan detallados procesos penales que tuvo que recurrir al Parlamento para que éste aprobara una ley de impunidad para él y sus cómplices, con el argumento de tener que asumir la presidencia de la Unión Europea. Los mismos medios de comunicación que el magnate italiano  controla, crearon en la opinión pública dos necesidades urgentes: evitarle una vergüenza a Italia cuando estuviese presidiendo la Unión Europea durante su turno rotativo de seis meses, y liberar a Berlusconi del requerimiento de los jueces, para que  pudiera dedicar toda su inteligencia, sabiduría y eficiencia a la gestión política del Viejo Continente.

Esa corrupción en serie despertó el rechazo general de los miembros del Consejo Europeo y el pasado 2 de julio, cuando Berlusconi tomó la palabra para explicar su plan de gobierno, muchos diputados se pusieron de pie, cada uno con una pequeña pancarta que decía: "Todos iguales ante la ley". Y claro, la verdad, allá como aquí, enfurece al príncipe: Berlusconi montó en rabia y trató de nazi al diputado alemán Martín Schulz y de ignorantes y turistas a todos los demás delegatarios del Consejo Europeo.

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