Perdón y dirección del libralismo

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En el marco del Primer Congreso, el Partido Liberal  pidió perdón por los pecados cometidos contra el pueblo. "Ha llegado la hora de reconocer la deuda que tiene el partido con el pueblo", dijo Rodrigo Rivera, hasta ese día presidente de la Dirección Nacional Liberal. Actuó con honradez y sinceridad en la formulación general, pero omitió decir con claridad la cadena de delitos y pecados en los que han incurrido sus dirigentes y gobernantes: robos, narcotráfico, genocidios, torturas, violación de los derechos humanos y  apoyo al autoritarismo.

Para guardar el equilibrio en una mirada retrospectiva, no sólo  los legisladores y gobernantes del liberalismo deben pedir perdón. También lo deben hacer sus socios, los dirigentes del Partido Conservador. Como lo debieran hacer los gobernantes y ex gobernantes del mundo, de  recientes días y de lejanos tiempos. Museos, plazas, parques y avenidas están sembrados de estatuas, bustos y retratos de los grandes capos, a quienes hace falta que además de sus nombres,  las fechas de su existencia y sus frases célebres, las placas que los identifican tengan el listado de los crímenes y atrocidades que  han cometido contra  la humanidad. Sus herederos carnales, patrimoniales e ideológicos están en mora de pedir perdón a todos los pueblos del mundo. Seguir el ejemplo del papa Carlos Wojtyla, por los crímenes cometidos por la Iglesia Católica, sería el comienzo de la reconciliación de la dirigencia con las masas hambrientas y excluidas del planeta.

Pero en medio del tímido perdón, el Congreso Liberal de 2.500 asistentes, demostró que un segmento significativo, siente que por sus venas corre la sangre que alimentó los ideales de José Hilario López, Murillo Toro, Uribe Uribe y Gaitán, de la chusma liberal de los años cincuenta, de los líderes sindicales,  campesinos y estudiantiles que han hecho posible que unos pocos se hayan encaramado y gobernado a nombre de ellos. Se trata de un veinte por ciento de la dirigencia liberal que se halla sintonizada con el mundo, especialmente con  los vientos que soplan en el resto de América del Sur. Una base liberal  con la cual se puede iniciar la reconquista de un gobierno civil, que cambie de modelo económico, saque de las cárceles a los dirigentes sindicales y cívicos, detenga la persecución a los obispos y  frene el autoritarismo y el escalamiento de la guerra.

Ese veinte por ciento hizo posible la elección en la Dirección Nacional a Piedad Córdoba y de otros dos senadores que de vez en cuando disienten del actual régimen: Camilo Sánchez y Juan M. López C. Los otros siete miembros de la directiva liberal, fueron conducidos por los ex presidentes Turbay y Samper, razón por la cual el Congreso finalizó con una actitud indecisa que irremediablemente llevará al Partido  a su sepultura. Sin duda alguna el liberalismo ha estado agonizante desde hace tres décadas y con las actitudes gaseosas de la pasada asamblea, ha asistido a un episodio más de esa prolongada supervivencia, propia de las colectividades que hacen parte del alma de los pueblos.

Piedad Córdoba tiene ante sí el más grande reto de su vida política. O es capaz de halar ese veinte por ciento que la eligió y arrastra tras de sí a los liberales que aun tienen alguna sensibilidad social, o sucumbe bajo la pesada e indecisa "oposición constructiva", que en la dialéctica gobierno-oposición no tiene sindéresis, ni el liberalismo alternativa de poder. ¿Y hacia donde hala ese veinte por ciento? Hacia los sectores sociales que hoy se hallan huérfanos de conductores. A esos mismos sectores que han apoyado a Piedad Córdoba y a quienes la senadora antioqueña "hace ojitos" y a veces traduce en proyectos de ley y en debates que hacen vibrar de fe a muchos colombianos, que pensamos que aún, no todo  está perdido.

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