Fastuosidad y corrupción
El poder siempre está acompañado de estos dos tinglados. Desfila entre arcos de ostentación y pompa, pisotea la ética y conduce inexorablemente a la corrupción. Y cuanto más poder haya, más fastuosidad y corrupción. Pero esta nota no se inspira en la conducta artera del ministro Fernando Londoño, a quien, según su propia defensa ante el Congreso de la República, los colombianos le debemos un homenaje por haber enriquecido a Ecopetrol. La reflexión mira la celebración del 300º aniversario de la fundación de San Petersburgo por Pedro I el Grande y la fastuosidad con que durante tres años la preparó el presidente ruso, Vladimir Putin.
Pedro I, alcanzó la plenitud del poder en medio de grandes controversias: marginado de los círculos oficiales por sus medio-hermanos Iván V y Sofía, organizó un pequeño ejército y en septiembre de 1689 los encarceló y se proclamó zar efectivo de Rusia. Aun así, prefirió entregarle el gobierno a su madre Natalia Narishkina, hasta cuando ésta murió, en 1696, mientras él seguía organizando sus tropas. En uso de sus plenas funciones estatales, viajó a Inglaterra, Alemania, Austria y Polonia, contrató técnicos e introdujo varias reformas y costumbres occidentales en Rusia, a pesar de la fuerte oposición por parte de los sectores más conservadores de su país.
La región donde hoy se levanta San Petersburgo, entre el lago Ladoga y el golfo de Finlandia, en la desembocadura del río Nevá, ya se hallaba habitada desde el siglo IX por fineses y eslavos. Siglos más tarde, los suecos construyeron dos fortalezas: la de Orieshek y la del Nevá. En 1700 Pedro el Grande comenzó su larga lucha contra los suecos, y dos años más tarde cayó en su poder el fuerte de Orieshek y en 1703 también fue suya la fortaleza del Nevá, a la que puso el nombre de San Petersburgo. Este es el pretexto del majestuoso pantallazo de Putin. Pero Pedro I el Grande, también hizo muchas más cosas: echó los cimientos de la catedral de San Pedro y San Pablo, dividió la nobleza en tres categorías (ejército, administración y corte), fundó la Academia de ciencias, en 1718 hizo ejecutar a su hijo Alejo, y en 1721 estableció que únicamente el zar decidiría en vida, quien debía de ser su sucesor. La historia algo enseña, debió decir Yeltsin cuando impuso a Putin, en 1999.
Putin nació en San Petersburgo el 7 octubre de 1952 y desde 1975 trabajó en la KGB -la CIA de los rusos- donde alcanzó el grado de teniente coronel. Una vez se disolvió la URSS, Putin se acomodó en la burocracia de San Petersburgo; allí conoció a Anatoli Chubais, el consejero más influyente del nuevo presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin. Desde cuando éste asumió el poder, se generalizó la corrupción en la cúpula del gobierno, en los círculos del presidente y dentro de la propia familia del mandatario ruso. Se les acusaba de apropiarse de los préstamos efectuados por el FMI y de situarlos en cuentas personales, en los llamados "paraísos fiscales". Cuando las denuncias arreciaron, Yeltsin destituyó a quienes se oponían a la corrupción, y en agosto de 1999 sorpresivamente nombró a Putin primer ministro. El 31 de diciembre del mismo año Yeltsin renunció y automáticamente asumió Putin. La primera decisión gubernamental de Putin fue un decreto de inmunidad total para Yeltsin y su entorno familiar.
En enero de 2000, Putin fue elegido presidente de Rusia y entonces comenzó a organizar la fiesta: 13.000 invitados extranjeros y 2.000 periodistas, que a pesar de la iluminación especial de la ciudad, no vieron ni la pobreza, ni los niños desnutridos, ni la prostitución de sus madres, ni el abandono industrial. De allí, Putin y los siete grandes (G7), volaron a Evian, Francia, a continuar "arreglando los problemas de la humanidad". Pero esta airada humanidad, en las calles de Evian rechazaron tan "noble" propósito.
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