Las etapas de la escuela
Hablando de la escuela como agente educativo, la educación "temprana", o preescolar, debe desarrollar la actividad lúdica, lograr la sociabilidad y la solidaridad en el niño, alcanzar destrezas de comunicación verbal y preparar las primeras actitudes y conductas frente a la vida individual y a su relación con la comunidad; debe, en términos generales brindarle al niño un aprestamiento para que comience a entender los problemas del mundo y para que esté en condiciones de recibir la educación básica.
La educación "básica" y la "secundaria" deben tener el propósito, ciñéndose a la verdad, de dar un conocimiento de la cultura general y hacer un aprestamiento para el trabajo y para iniciar la carrera profesional que el joven vaya a escoger, según se haya decidido por el interés general o por el interés particular. Los dos últimos años de la preparatoria o preuniversitaria deben hacer énfasis en asignaturas que tengan que ver con actividades laborales que puedan servirle al joven en dos sentidos: en primer lugar, para ingresar a trabajar, tanto en la empresa privada como en el Estado, según se haya decidido por el interés público o por el interés particular; y en segundo lugar, que si opta por seguir una carrera universitaria, se le valgan las asignaturas que ha cursado en los dos últimos años de preparatoria.
¿Qué clases de materias podrán ser éstas, que tengan esa versatilidad, esa doble característica? Muy sencillo: electricidad, construcción, mecánica, ingeniería de sistemas, ecología y reforestación, enfermería, asistencia legal, contaduría, etc. Cualesquiera de estas ocho asignaturas u otras parecidas deben estar en condiciones de servir para que el joven pueda entrar a trabajar, tanto en el Estado como en la empresa privada; y asimismo, cualesquiera de estas ocho asignaturas tienen conocimientos que constituyen la base de alguna de estas carreras universitarias: cualquiera de las ingenierías, medicina, abogacía o economía política.
La educación "universitaria" debe ser la culminación de la adquisición de conocimientos y del cultivo de la inteligencia, como lo fue en su más remoto origen y como era el propósito de su fundador, Platón, y de sus discípulos, así como de los creadores de otras escuelas filosóficas. El pedagogo ateniense fundó la Academia en el año 387 a. C. y aunque Platón falleció cuarenta años más tarde, el centro educativo perduró por espacio de 906 años, hasta cuando Justiniano I (488-565) lo cerró, en el año 529 d. C..
El tipo de educación de las academias griegas lo estableció Cicerón en Roma, y quienes lo sucedieron, perseveraron en el mismo criterio de libre discusión y búsqueda de la verdad, hasta cuando ocurrió el criminal cierre. Después del año 529, sólo se volverían a abrir dichas escuelas en la época del Renacimiento. Sin embargo, cuando reabrieron las escuelas, ya la educación superior había tomado otro camino: habían nacido las universidades, pero bajo los auspicios de la religión católica, y no para examinar libremente la verdad sino para enseñar teología, derecho y medicina de manera dogmática.
Con esas características confesionales se crearon las primeras universidades: la de Salerno en el siglo X, la de Bolonia en 1150 y la de París al finalizar el siglo XII. Así pues, los estudios superiores, carentes ahora del sentido crítico de su iniciación, no serían lo que habían sido en su fundación. Las academias reabiertas en el Renacimiento en parte volvieron al viejo sistema y eso fue lo que generó la revolución intelectual y la Ilustración, que tanto bien le hizo a la humanidad. Lo que se impuso luego, es lo que hoy tenemos: una universidad donde no se necesita hacer el esfuerzo de pensar, porque además -ya se dijo- se proclama como gran logro de la tecnología, que las máquinas piensan por el hombre.
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