Revución educativa 5
¿Cuáles son los agentes de la educación? A partir de la segunda mitad del siglo XX se ha venido dando una especie de recriminación mutua entre la familia, la escuela, el Estado y la sociedad, cada vez que se presenta un hecho de sangre, un crimen, una protesta de estudiantes, un asalto de una pandilla juvenil o cualquier situación que altere el normal desenvolvimiento de la sociedad. El Estado, es decir, la burocracia que maneja las distintas unidades u oficinas administrativas, culpa a los maestros y a los padres de familia. Los maestros responden diciendo que ellos lo único que pueden hacer es tratar de enderezar la conducta de los niños y jóvenes que llegan del hogar no a aprender cosas buenas y malas sino a enseñarles a los más pequeños toda una serie de resabios, de mañas y de malos comportamientos. Los padres de familia culpan a todos los demás agentes: la escuela, el Estado y la sociedad. En definitiva, es una reprimenda de todos contra todos y en la que cada sector salva su responsabilidad y les echa el agua sucia a los demás.
Si se reflexiona seriamente, sin ninguna demagogia, la educación es una empresa cuya responsabilidad es de todos los que se increpan mutuamente: padres, educadores, Estado y sociedad. Ninguno de los cuatro agentes que se recriminan mutuamente se escapa o está por encima de la tarea de educar. Sin embargo, cada uno de los recriminados debe hacer su parte en momentos distintos o en forma simultánea, aunque ninguno podrá decir: "Yo ya cumplí con lo mío y de aquí en adelante la responsabilidad es de otro". En definitiva, estos cuatro sujetos son los agentes de la educación: padres y maestros son agentes directos; Estado y sociedad, agentes indirectos, pero a cual más de responsables.
En el desarrollo de las tareas y en las etapas de educar puede presentarse, o bien un círculo vicioso, o bien un círculo complementario, de enseñanza-aprendizaje, depende como se observe. La base fundamental, el piso firme o deleznable de un proceso educativo, sin la más mínima duda, se construye en el hogar y, en consecuencia, les corresponde a los padres de familia. Así los padres de familia se escuden en la escuela, en el Estado y en la sociedad, quienes echan los cimientos no pueden ser otros sino ellos. La construcción de esta base se inicia en el momento mismo en que el niño ve la luz y se prolonga por el resto de su vida.
En cuanto a la responsabilidad de los padres de familia, quien no lo sea debe prepararse para cuando lo sea, y quien lo sea y esté criando un niño, o haya salido ya de esa fascinante etapa de orientar, atajar y explicar, deberá tener presentes varios principios que son indispensables y que tarde o temprano tendrá que aplicar. En primer lugar, los padres de familia deben luchar con los hijos desde el momento en que los engendran-conciben hasta cuando los padres mueran.
En segundo lugar, los padres deben criar a sus hijos con absoluto convencimiento de que no son dueños de sus descendientes, ni determinan las decisiones de éstos. Deberán saber que la madre o el padre es dueño de su hijo mientras lo carga en su regazo, en su espalda, o lo lleva de la mano. El día en que el niño se suelta de la mano y es capaz de cruzar la calle solo, si vive en la ciudad, o de encaramarse en un árbol o trepar una montaña como una joven ardilla, si vive en el campo, ese día adiós, hijo, deja de pertenecerle, como una propiedad al padre, pero éste no por el hecho de haber dejado de ser su dueño, salva su responsabilidad. En tercer lugar, y esto es acaso lo más importante de todo el poder educativo y de la misión espiritual de los padres: nada, pero absolutamente nada, ni todo el oro del mundo, puede suplir el papel de la madre. Es irreemplazable. Pero el afecto, la solidaridad, la compañía, el apoyo del padre, son el más valioso complemento.
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