La victoria pírrica de Bush
Salvo que los fedayines, las walkirias y Alá hagan un milagro, es imposible que el imperio estadounidense y su loco mandatario, no resulten vencedores en la invasión a Irak. Pulverizarán el más antiguo patrimonio cultural de la humanidad, porque allí nació no solo la civilización de Occidente sino que tuvo su origen el Estado. Eliminarán a Hussein y a la cúpula de su guardia, capturarán, encadenarán y confinarán en las mazmorras a lo que quede de su ejército. De esto no hay la menor duda. Sin embargo, Bush, parapetado sobre las cenizas de los hospitales maternos, las escuelas, las universidades, los mercados y los barrios residenciales, apoyándose en la pila de cadáveres de niños, de mujeres parturientas, de ancianos calcinados, tendrá que decir como exclamó otro carnicero, en su momento, Pirro: "¡No podré resistir otra victoria como ésta!". Esta matanza será repudiada eternamente por toda la humanidad. El imperio quedará marcado con la más honda herida, y sus poderosas estructuras comenzarán a resquebrajarse: será el principio del fin del último imperio. La sociedad del futuro será sin imperios.
En medio de la calamidad que genera toda guerra, de esta injusta agresión del matón del planeta contra Irak, dos hechos surgen como destellos de esperanza para la especie humana: la inmensa soledad del imperio y el rechazo de la opinión internacional. No obstante haber blandido su gruesa chequera para comprar conciencias, por vez primera en su larga historia de intervenciones bélicas por el mundo, el imperio estadounidense está solo. Únicamente un puñado de abyectos guerreristas acompaña al tirano universal. Se trata de unas pocas personas, que aunque ocupan las más altas magistraturas de sus países (presidente, rey, primer ministro), actúan en contra de la voluntad de sus pueblos. Anthony Blair del Reino Unido, José María Aznar de España, Francisco Flores de El Salvador, Enrique Bolaños de Nicaragua y el inefable presidente Álvaro Uribe Vélez de Colombia.
Aunque Bush habla en todo momento de una coalición, así como su argumento de atacar a Irak para salvar el mundo, es una enorme falacia. Se trata de una coalición formada por Bush y por la cúpula de los halcones de su gobierno, y aplaudida por un exiguo coro de lunáticos e indignos gobernantes. Así lo puso de presente, el analista de The Boston Globe, como Servicio Especial para The New York Times, Derrick Z. Jackson: Éste, señala que la razón por la cual la palabra ‘coalición' fluye cada cinco segundos de la boca de Bush y de Powell es porque no desean que se sepa que no existe tal cosa. Y agrega: "Bush no necesita a nadie para acabar con Irak, pero sí para agregar una traza de moral a su agresión. No pudo convencer a la ONU de que entrara a la coalición".
El otro punto positivo, es el extraordinario movimiento pacifista que se ha hecho presente en las calles de las principales ciudades del mundo. Estos movimientos fueron especialmente importantes contra la guerra de Vietnam, pero ahora, ante la invasión a Irak, irrumpieron con mucha fuerza y con indignado repudio. A esta protesta se unió la tercera asamblea del Foro Social Mundial realizada en Porto Alegre en enero de 2003, la cual impulsó la realización de manifestaciones en todas las ciudades del mundo el sábado 15 de febrero. A partir de esta fecha, antes y después del ataque, la constante de la población mundial, ha sido su presencia masiva y arrolladora en las calles de las ciudades más importantes de los cinco continentes, incluyendo los centros urbanos de Estados Unidos.
Es tan significativa y promisoria la presencia del pueblo en las calles para rechazar la agresión, que un editorial de The New York Times, le dio la categoría de superpotencia. "De nuevo -dijo el influyente diario- hay dos superpotencias: Estados Unidos y la opinión pública mundial".
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