El poder de la calle

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No me refiero al poder del ex embajador ante la OEA (De la Calle), quien siempre lo ha tenido  y ha navegado con éxito en él, sino a ese trozo de suelo que hay entre dos filas de casas, a la vía entre edificios y solares. Más exactamente al espacio público que en las ciudades todos los hombres, mujeres, niños y ancianos pueden pisar y recorrer. La ciudad fue, es y será el motor de la sociedad. La organización política de la sociedad comenzó siendo una ciudad, pequeña en principio y,  con el tiempo, un poco más desarrollada.  Fue la ciudad antigua el centro de todas las actividades y adquirió mayor ingerencia y ponderación en la época preindustrial.  Y en la gran ciudad de hoy  es  donde se encuentran los despachos gubernamentales, donde vive la inmensa mayoría de la población mundial, donde están los grandes centros de consumo y,  especialmente, las corporaciones de especulación más poderosas del orbe.

La ciudad simboliza el poder, porque allí tiene asiento la más alta burocracia del Estado; en la ciudad se encuentran los grandes centros comerciales, los museos y las bibliotecas, los colegios y las universidades,  los grandes clubes sociales y deportivos, los hoteles, griles y discotecas, las iglesias de todas las religiones y las grandes catedrales, símbolo del poder de Dios. Pero lo más importante de la ciudad, como expresión de resistencia civil es la calle y todo aquello que se le parezca: plazoleta, parque, plaza, camino público, carretera. Durante el breve instante de la historia en que han gobernado los pobres (marzo-mayo de 1871), sus líderes aguantaron esos heroicos días, gracias a que el pueblo peleó centímetro a centímetro en las calles de París. El gobierno de la Comuna cayó, cuando el pueblo fue hecho trizas por el ejército oficial.  En el feroz ataque contra Irak, lanzado por el desequilibrado y terrorífico presidente Bush, el único aliado leal y efectivo que han tenido los movimientos pacifistas del planeta, son las calles de las principales ciudades del mundo.

La calle es un medio de identidad, un instrumento de comunicación y un vehículo de movilización. Es la identidad en valores, dentro de la más grande diversidad individual, social y cultural: aquí lo que  identifica es el rechazo a la arrogancia, a la prepotencia, a la perniciosa vanidad de una minoría de sanguinarios internacionales, que prevalidos de sus poderosos arsenales ponen a temblar a los niños, a los ancianos y a las mujeres que amamantan a sus hijos o simplemente son el eje de la familia en todas partes del mundo. Aquí lo que  identifica a las mil y una diversidades, es la vida humana como valor y principio universales. La calle es un instrumento de comunicación, porque tiene la capacidad de poner en contacto unas personas con otras, y de permitirles compartir sus sentimientos e ideales, así como para que los distintos sectores sociales entablen relaciones estrechas y confiables con todos los demás. La identidad y comunicación a su vez generan la movilización y la organización para resistir la guerra.

Cuando los movimientos sociales hayan perdido la calle, lo habrán perdido todo. No es gratuito que todos los regímenes tiránicos y autoritarios, en los momentos de mayor tensión con el pueblo, restrinjan el uso de la calle y ordenen el ‘toque de queda'. Trabajadores, campesinos, indígenas, negritudes, jóvenes, mujeres, ambientalistas, homosexuales, desempleados, cocaleros y desplazados, acompañados de intelectuales, actores, cineastas, miembros de ONG, cantantes, pintores, teatreros, deben apoderarse de las calles. En Colombia, durante cien años de lucha en las calles, los trabajadores conquistaron sus derechos. Cuando arribaron al poder los más conspicuos neoliberales y los trabajadores salieron de la calle, éstos perdieron sus derechos.

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