La fuerza del diálogo

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Esta nota no se refiere al diálogo que el presidente Uribe sostiene con los paramilitares, ni al que posiblemente haga con el ELN ni al que jamás tendrá con las FARC, sino al más antiguo sistema para descubrir la verdad, y su relación con la iniciativa de Mockus:  abrir la página Cultura Democrática para que los grupos armados exhiban sus ideas. Como antítesis a la actitud de la minoría bélica que no quiere hablar sino por la boca de todos los artefactos de guerra, los demás colombianos, debemos esgrimir todos los argumentos de la dialéctica. Dedicar más tiempo a la controversia, a escribir aunque sea en las paredes, al diálogo con audacia, con palabras inflamadas de entusiasmo, con pasión si se quiere: esto es preferible al tableteo de las ametralladoras, al ruido de los aviones y al estruendo de las bombas.

Seguramente antes de que Platón hubiese inmortalizado este método que aproxima a los hombres, hubo muchos diálogos entre sofistas, príncipes y guerreros. De las muchas experiencias de la historia, quedan dos diálogos de antología: uno sobre la guerra propiamente dicha y otro de pura política. El primero, conmovedor por el desprendimiento de bienes materiales, y el segundo admirable en audacia y maniobra. El primero es el celebrado entre Aquiles y Agamenón en el momento de la reconciliación  de estos dos combatientes de la guerra de Troya. Agamenón que es el causante de la ira de Aquiles, reconoce su error y dice que está dispuesto a repararlo y a entregar a su víctima valiosos regalos. Aquiles rechaza cualquier presente y dice que lo importante es vencer a los troyanos. El segundo es el célebre diálogo sostenido entre los persas Otanes, Megabyzo y Darío a la muerte de Cambises, pues cada uno defendía un sistema de gobierno distinto. En esta conversación venció Darío, partidario de la monarquía.

A pesar de la celebridad de estos diálogos, es Sócrates quien hace de preguntas y  respuestas el camino más propicio para examinar la consistencia intelectual de su adversario. Y es Platón quien institucionaliza y hace inmortal el método dialéctico, utilizándolo en su extensa y siempre renovada obra. Así patentizado el diálogo, es un procedimiento que responde a una forma no dogmática de pensar, a un procedimiento racional de llegar al conocimiento y al descubrimiento de la verdad.

No obstante sus bondades, es preciso distinguir entre diálogo auténtico y el discurso  de la imposición. El primero, es aquel mediante el cual se establece una relación viva entre dos o más personas o entre los diversos sectores de una misma sociedad.  El diálogo falso, es un simple monólogo, una mera coacción. Es lo que hacen los tiranos, los gobernantes autoritarios y guerreristas, para hacerle creer al pueblo que lo consultan, lo escuchan o se comunican con él. Es lo que hace Bush cuando declara la guerra o pronuncia su discurso sobre el Estado de la Unión. Es lo que hace el presidente Uribe cuando convoca a los partidos y movimientos políticos para decirles: "Este es el Estatuto antiterrorista". Monólogos de esta laya, nos producen temor a los demócratas..

Al respecto de la decisión del alcalde de Bogotá, dice el editorial de El Tiempo: "Mockus intenta oponerle a la dinámica brutal de la guerra colombiana una pedagogía inane y hasta peligrosa" (05-03-03). Cualquier rumbo que tome la ingeniosa actitud de Mpckus y cualquier conducta de los grandes medios de comunicación, lo cierto, lo real, es que en el mundo y en Colombia jamás podrá haber paz mientras los disidentes no tengan la oportunidad de expresar sus ideas con la misma amplitud y confianza con que lo hacen  quienes han manejado el Estado y sometido a la humanidad a través de los siglos. Claro, disidentes, no defensores del Estado ilegítimo.

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