Revolución educativa 3
¿Qué se enseña? La señora ministra de Educación, María Cecilia Vélez en conversación con el columnista de prensa Francisco Cajiao (Revista de El Espectador, 02-03-03), dijo una gran verdad: "Si bien la estrategia de la seguridad democrática nos puede devolver calma y orden, sólo la educación nos puede garantizar un país que viva en paz". Y además de este principio platónico sobre la educación, muchos otros temas se desprenden de ese diálogo. Sobre el contenido de la educación la señora Vélez repitió una muletilla que se oye por ahí como una genialidad: "Enseñar al niño a aprender a aprender". Por su parte Cajiao reiteró: "Yo insisto en la investigación".
En relación con esa conversación y con la pregunta ¿qué se enseña?, es preciso decir que durante los últimos dos mil quinientos años, los más acuciosos pedagogos y pensadores se han ocupado del amplio menú curricular y han dejado las bibliotecas abarrotadas de libros y documentos al respecto, y por lo tanto han relevado de tan difícil tarea a quien intente agregar uno más. Sin embargo, es necesario señalar que este interrogante sobre el contenido de la educación es el asunto más urgente por resolver frente a la crisis general que viven la sociedad y el Estado. Conociendo su esencia, se habrán construido los cimientos de todo lo demás. Como la educación ha ayudado a crear muchos ídolos de barro que han asaltado las palancas del Estado para llenar sus arcas sin miramiento alguno, es indispensable que, por encima del rico y variado menú curricular, se enseñen dos cosas: la verdad, y, la distinción entre interés público e interés particular.
El contenido de la educación, sin descuidar los asuntos del día a día de la sociedad y del hombre para entenderlos y resolverlos mejor, ha de ser, por sobre todo, la verdad. Y como la verdad varía, aun en cuanto a los principios de las ciencias físicas y naturales, es necesario enseñar a pensar, a analizar y a descubrir nuevas verdades. Y para descubrir la verdad hay que formar al niño y al joven. Antes de proporcionarle cualquier dato o información, al niño se le debe enseñar el origen del mundo. Darle a conocer las dos grandes teorías sobre el tema: la leyenda creacionista y la teoría evolucionista.
La enseñanza de la historia debe partir de decirle al niño, en su más temprana edad, que el mundo casi nunca ha estado dirigido por personas preocupadas por el bienestar de toda la sociedad, pues entre los gobernantes ha habido muchos criminales, que han aprovechado el Estado para satisfacer sus intereses y pasiones personales. Para ser rigurosos en este punto, a los niños hay que decirles: jamás han gobernado los pobres. Los buenos muy pocas veces. La verdad es que un poco más de la quinta parte de la población mundial muere de hambre, y once millones de colombianos viven en la indigencia. ¿Por qué? Porque quienes han gobernado el mundo, incluyendo nuestro país, han sido incapaces de resolverle los problemas a la humanidad. Al contrario, le han causado mucho daño. ¿Cómo? Matando, robando, depredando, esclavizando y enseñando mentiras.
Muy importante sería que cada Estado, en cada escuela, en cada colegio, en cada universidad, tuviese dos galerías o dos películas: una nacional y otra universal. Y que cuando se fuese a enseñar la historia se tuviese el valor, el coraje y la sinceridad de decirles a los alumnos: "Estos individuos que veis ahí son los que le han causado el mayor daño a la humanidad", o "a nuestro país", según el caso. Quizá con este procedimiento se podría invitar a los ex gobernantes y a los herederos de esos ex gobernantes a pedirles perdón a sus compatriotas y a la humanidad entera. Ya lo hizo el papa Wojtyla, por los crímenes cometidos por la Iglesia, en estos dos milenios. Que las demás jerarquías políticas sigan su ejemplo. Si se enseña esto, entonces se habrá hecho una revolución educativa.
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