El nogal: un símbolo

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El terrorismo es una forma de violencia que persigue fundamentalmente dos fines. En primer lugar, generar unos efectos psicológicos, tales como reacciones emocionales de ansiedad y temor entre los miembros de una población determinada. Y en segundo lugar, enviar  un mensaje. Es decir, el hecho mismo de terror y las amenazas se convierten en un medio de comunicación. Aunque el impacto terrorista ocasione pérdida de vidas humanas y daños físicos en las edificaciones, lo que busca el acto terrorista, de manera preferente es un efecto anímico: intimidación e impotencia. Por eso sus agentes seleccionan un objeto que sirva de símbolo a sus propósitos.

La capital de la República, así como las principales ciudades del país, ha sido sacudida durante los últimos quince años por varios hechos terroristas, utilizando el mismo instrumento: el carro bomba. El 2 de septiembre de 1989 estalló un camión bomba en el costado sur del edificio de El Espectador, el 6 de diciembre del mismo año un bus bomba explotó en las instalaciones del Departamento Administrativo de Seguridad -DAS-, el sábado 12 de mayo de 1990, víspera del día de la Madre, los terroristas detonaron un carro bomba en el populoso barro Quirigua, y el 15 de abril de 1993 estalló otro carro bomba en el centro comercial de la carrera 15 con la calle 93.

Sin embargo, lo acaecido en Bogotá la noche del 7 de febrero, tiene connotaciones especiales. Con ese hecho terrorista, sus bárbaros ejecutores, cualesquiera que hayan sido, han alcanzado uno de los símbolos más representativos de la dirigencia colombiana. El Nogal es un club constituido por ex presidentes, ministros, banqueros, notarios, industriales y  políticos, que se hallaba dotado de las más variadas,  exigentes y confortables instalaciones: salones de conferencias, zonas de recreación, piscina, pista de bolos, biblioteca, restaurantes, guardería, sala de belleza, bares, tiendas, lavandería, enfermería y 24 habitaciones tipo hotel cinco estrellas. De ahí que El Nogal es un símbolo de varias cosas  a la vez. De seguridad, de estrato, de poder económico, de encuentro social, de transacciones comerciales y de negociaciones políticas.

¿Quiénes fueron los autores? No existe un criterio unificado sobre el señalamiento de los culpables. El Departamento de Estado de los Estados Unidos, el presidente Uribe, el vicepresidente Santos y la ministra de Defensa, señalan a las Farc. El ministro Londoño, en principio, responsabilizó a todo el mundo: bebedores de wisky sin estampilla, compradores de dólares, Corte Constitucional. Luego se unió a las voces de sus jefes. El fiscal Luis Camilo Osorio considera que por la alta tecnología utilizada los hechos pueden tener conexiones internacionales. El comandante de la policía, general Teodoro Campo conceptúa que no es bueno cazarse con una sola hipótesis y que es necesario analizar toda la información que están recibiendo los organismos de inteligencia.

Expresado el repudio por el atentado,  la solidaridad con las víctimas y superada la conmoción que en el alma generan las sangrientas escenas de dolor y de sufrimiento, es preciso pedir a las autoridades que no actúen en caliente sino con cabeza fría. Lo peor que nos puede suceder es que en medio de esta desarticulada sociedad, todos actuemos como locos y salgamos a dar palos de ciego. Aquí tenemos que colocar la cabeza encima de los hombros y ver qué está sucediendo. Entre los escombros y las víctimas, pasada la medianoche del viernes trágico, el presidente Uribe pidió al mundo  ayudar a derrotar el terrorismo, y ratificó esta petición el domingo 9 de febrero. Sin embargo, el reto es nuestro: de todos los colombianos. El mundo -sobre todo el desarrollado-  consumirá droga y venderá armas para la guerra, pero no vendrá a solucionar nuestros problemas.

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