Conócete a ti mismo
Este principio, grabado en el pórtico del templo de Delfos, es aplicable a todos los miembros del género humano, pues todos somos sujetos de tan perentoria enseñanza. Sin embargo, la soberbia demostrada por quienes ocupan el vértice del poder en el orden mundial o local, y su desconocimiento de la realidad social, les impone una lección de humildad. La poesía homérica menciona dos oráculos: el de Zeus, en Dodona, y el de Apolo en Delfos. Este último fue el más famoso durante los períodos arcaico y clásico de la remota Grecia. Apolo, el dios principal de Delfos, no era el único en el legendario templo. Compartía su santuario con Gea, Temis, Poseidón y Dioniso. El oráculo era consultado por los Estados o por las personas particulares. Por ejemplo, Querefonte le preguntó sobre los sabios de su época, y el oráculo dijo que como Sócrates, no había otro igual
El templo de Delfos estaba protegido por una afictionía y fue destruido por un terremoto en el año 373 a.C., pero luego fue reconstruido y duró hasta el final del paganismo. El lema Conócete a ti mismo, es atribuido al filósofo presocrático Quilón, aunque no existe prueba fehaciente de esto. Tan importante paradigma, apareció grabado y se fue repitiendo de generación en generación, encontrándose el propio Sócrates entre sus propagadores, pues ésa era su máxima favorita. Platón en el diálogo Alcibíades, cuenta que el precepto se hallaba consignado en el templo de Delfos sin que tuviese autor conocido, pero a su juicio, no lo registró un hombre vulgar.
La norma está escrita en modo imperativo, es decir, para todos los tiempos, y aunque tiene como destinataria la segunda persona del singular, se dirige a todas las personas, en todas las circunstancias de la vida. Si se entiende de esa manera, en el mundo antiguo el principio estaba encaminado a la exploración interior de la condición humana y también a la búsqueda del conocimiento de todo aquello que el hombre había hecho, dicho y descubierto hasta entonces. Esa misma regla traída a nuestro tiempo y aplicada a los gobernantes y legisladores, significa que ellos deben conocer su propia conducta, y la realidad social del mundo y de sus pueblos.
Han transcurrido unos dos mil quinientos años desde cuando el precepto apareció en el templo de Delfos. De esa época a hoy se han logrado desconcertantes avances en ciencia, tecnología, arte y comunicaciones, aunque nadie haya dicho la última palabra. Hasta hoy, en cuanto a la dialéctica igualdad-desigualdad existen dos hechos ciertos. No hay ni un solo hombre genéticamente igual a otro. A pesar de esta verdad incuestionable, hay otra más asombrosa aún y aparentemente contradictoria a la anterior. Desde el punto de vista del origen de la vida humana, compartimos un tronco común con los demás animales y con las plantas, así que nuestra diferencia en algunos aminoácidos, con la serpiente cascabel o con el trigo es apenas de cantidad y no de esencia.
Hoy todos somos testigos de que los más poderosos aplastan a los más débiles y se lanzan desde la Tierra con toda su vanidad y su arrogancia a conquistar el resto de los planetas. Están a punto de encontrar agua en las profundidades de Marte, mientras que en esta aldea global -como bucólicamente denominan el conjunto de continentes- dos tercios de la humanidad carecen de agua potable y el agua sucia mata a 4.660.000 niños cada año. En vez de su desesperada vanagloria, aquí y allá, los gobernantes deberían darse una mirada a su mollera y a los órganos que llevan entre pecho y espalda, y atender la reflexión de ese gran filósofo portugués a quien le otorgaron el premio Nobel de literatura en 1998. José Saramago, dijo recientemente en Madrid: "Lo que nos queda por saber de lo que llamamos alma humana, es infinitamente más de lo que creemos saber".
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