Pragmáticos y estadistas
Hay personas a quienes sólo les interesa el poder, aunque tengan la posibilidad de realizarse mediante alguna de las demás motivaciones: riqueza, amor, ciencia, arte o religión. Alejandro Magno, es el paradigma de estos hombres. Su riqueza o la gloria deportiva no le importaban. Sólo le apasionaba lo que tuviese que ver con el poder. En una ocasión le preguntaron si participaría en algunas olimpíadas, y contestó: "Sí, cuando tenga a reyes por competidores". Lo propio de estas personas es la captura rápida del poder, su goce inmediato, la fama y sus ansias de nuevas experiencias. Las subyuga mandar y ser obedecidas. No importa a quienes manden: pobres, ricos, blancos, negros, amarillos, libres o esclavos, desplazados e indigentes.
Cuando un gobernante adopta actitudes arrogantes, se enfurece, vocifera y amenaza, sus validos y áulicos suelen decir: ¡Qué grande estadista el que tenemos! Su ceguera les hace perder el sentido y la proporción de las palabras. El concepto de estadista sólo debe reservarse para el político que de manera sincera tiene como mira el interés de toda la sociedad, no su soberbia y terquedad. Es decir, a los gobernantes y a los políticos en general, se les debe clasificar en dos grupos: pragmáticos y estadistas.
El político pragmático es vanidoso, obstinado y brutal. Vacío de nobleza y hambriento de poder. No tiene otro sentido su vida. Para él, saber y tener es poder. Para el pragmático, el hombre no vale por sus conocimientos, virtudes y necesidades, sino por la utilidad que le pueda reportar en sus planes inmediatos. Los políticos pragmáticos se guían por Maquiavelo, quien enseña que es indispensable disfrazar bien las cosas, ser maestro en el engaño, porque los hombres son tan cándidos y tan sumisos a las necesidades de cada momento, que siempre estarán dispuestos a dejarse engañar.
Los políticos y gobernantes pragmáticos utilizan en sus actuaciones, el orgullo y la soberbia, la adulación y la hipocresía, las intrigas y las maquinaciones, las amenazas y los halagos personales, los símbolos y los credos religiosos. Uno de los más grandes pragmáticos de la historia política, Napoleón, confesaba haber sido católico en Francia, musulmán en Egipto, ultramontano en Italia, y que si hubiese tenido que gobernar un pueblo judío, habría restablecido el templo de Salomón.
Pero también en la vida de los pueblos y en el quehacer político se encuentra el estadista, capaz de ejercer influencia espiritual sobre los demás hombres, con la mirada puesta de manera transparente en el interés general. El estadista no es un ser ideal e inexistente, sino una persona real de carne y hueso. Grecia dio el más grande estadista de todos los tiempos: Platón. Una vida limpia, entregada al estudio del Estado como instrumento del bien común. Pero también fueron estadistas Solón, Pericles y Aristóteles. En el pueblo romano encontramos a Espartaco; en la Comuna de París a Varlin; en la Independencia de Estados Unidos de América a Jefferson y a Madinson -aunque con propósitos imperialistas-; en Latinoamérica a Bolívar y Martí, entre otros; en la India a Gandhi, y en Sudáfrica a Mandela.
En la Colombia de hoy, Presidente y Superministro no dejan duda. Son pragmáticos por excelencia. Lo dicen sus actuaciones y sus propias palabras. En relación con la maniobra politiquera de engancharle al referendo la prórroga del período a los alcaldes, el presidente Uribe, dijo: "Voy a ser franco. Yo soy político y me gusta que los alcaldes hagan campaña por el referendo..., para qué voy a desconocer la realidad, así es" (Cambio No. 498). Sobre la "negociación" con los paramilitares, el ministro Londoño, declaró: "Tenemos que ser eminentemente pragmáticos" (El Tiempo, 12-01-03).
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