El poder destructor de las palabras

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La palabra es el símbolo más perfecto y puro de todos los que utiliza el hombre. La palabra hablada o escrita está impregnada del más agudo valor emblemático: ideas, imágenes, emociones, sonidos y grafismos. Precisamente, por esa fuerza arrolladora se abusa de las palabras y muchas veces se utiliza su poder para destruir a la persona amada, al enemigo personal o al contendiente político.

En la tradición bíblica la palabra es el germen de la creación, se halla en los albores de ésta, como que es la primera manifestación divina, aún antes de que cualquier otra cosa hubiese tomado forma. De acuerdo con el Antiguo Testamento, la palabra de Dios y la sabiduría existieron antes de que el mundo hiciera su aparición y fueron enviadas a la Tierra para revelar los secretos de la voluntad divina. Para la escuela evolucionista el hombre alcanzó la perfección en el largo proceso de su formación, el día en que los órganos de la boca pudieron pronunciar un sonido articulado tras otro, es decir, la palabra.

En el pensamiento griego la palabra o logos significó no solamente el vocablo, la frase, el discurso, sino también la razón y la inteligencia, la idea y el sentido profundo del hombre, el propio pensamiento divino. Para los estoicos, la palabra era la razón misma en el orden del mundo. Sobre la base de estas nociones griegas, los padres de la Iglesia y los teólogos desarrollaron en el curso de los siglos, la enseñanza de la Escritura y especialmente la teología del Verbo divino.

En ese delicioso relato sin fin de Las mil y una noches, la palabra tiene el poder del juez y es capaz de detener la muerte. Mediante la palabra  fascinante y desbordada, la joven Schahrasad, en la remota Persia, bajo la angustia de la muerte logró eludir, aurora tras aurora, la decisión del celoso y neurótico rey Schahriar. Con el hechizo de su palabra, Schahrasad, la persa, venció, y esas historias que salvaron su vida y la de todas las mujeres del  reino, han pasado después, apadrinadas por ella, a todas las literaturas y han recreado e inspirado a todos los juglares que en el mundo han sido: Cervantes, Tolstoi, Hemingway, Borges, García Márquez, Saramago. Y todos ellos, y mil docenas más,  lograron la celebridad, gracias al encanto mágico de su palabra.

Y claro, cada palabra tiene su historia. Y en los primeros tiempos de la civilización, mucho antes de Schahrasad, no existía la riqueza de vocablos que hoy tenemos. Escaseaban las palabras, aún para expresar los pensamientos más simples. Pero hoy tenemos en todos los idiomas, una verdadera y fluida explosión de palabras, en todas las acepciones, para todos los casos, gustos y requerimientos. Ahora, se abusa de la palabra y se utiliza con todo su poder simbólico para destruir al hombre y su entorno social. Para demoler el discurso político del contradictor, para herir y ofender al enemigo personal. Para destruir con muy pocas sílabas toda la vida de una familia, muchos años de afecto, de pasiones, de amores furtivos e imposibles. También para engañar y convencer al pueblo.

Sin ir más lejos, aquí en esta dolorida geografía colombiana, se abusa de una palabra: negociar. Un negocio se hace entre dos partes. Se discuten las diferencias y se llega a unos acuerdos, porque cada parte está por su lado y tiene sus propios intereses. Los paramilitares y el Estado se hallan del mismo lado y tienen un mismo propósito: derrotar la insurgencia. No existen diferencias porque no hay partes. Si quienes representan el Estado tienen algo qué decirles a las Auc, serían dos cosas: Ya nos ayudaron lo suficiente, por favor no nos ayuden más. Y, como se les fue la mano en esa ayuda, matando a muchos civiles en vez de combatientes guerrilleros, entonces negociemos sus penas. Lo demás, es puro abuso de las palabras.  Negar y destruir la realidad social y polí

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