¿Qué hacer con el imperio?

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Con motivo de un nuevo aniversario de la Independencia de Estados Unidos, el momento es propicio para ver y preguntar. Mirar las medidas tomadas por su gobierno, con el apoyo de la  mayoría de la dirigencia política, empresarial e intelectual. Oposición al protocolo de Kyoto para frenar el recalentamiento del planeta; rechazo a formar parte de la Corte Penal Internacional; protección a productores del campo por 190 mil millones de dólares, con lo cual lesiona a los agricultores del Tercer Mundo.

Ante un asunto de alta policía como es el horrendo atentado del 11 de septiembre, declara la guerra a uno de los países más miserables del mundo; eleva el presupuesto militar  a 383.000 millones de dólares para  el 2003; crea dos nuevos comandos, el del Norte y el de Rusia, para un total de nueve, con bases militares en 30 países y 200.000 efectivos distribuidos por todo el mundo;  rastrea a los estudiantes extranjeros sobre las materias que cursan. Con ocasión  de la declaratoria de guerra, en febrero del presente año sesenta intelectuales publicaron la carta Por qué luchamos, en la que no sólo justifican la medida sino que ratifican su condición de pueblo escogido por Dios para redimir a la humanidad del pecado y del vicio.

 

Todos sabemos que formalmente EU no es un imperio, sin embargo, la realidad que se vive desmiente el texto de sus instituciones republicanas y las declaraciones protocolarias con las que sus gobernantes pretenden tranquilizar los pueblos del orbe. Ahora la pregunta no es, si todo lo anterior constituye un imperio, sino qué hacer él. Pero antes de responderla, es preciso hacer la distinción entre el Imperio y el pueblo norteamericano. Como las víctimas suelen dar una mano a sus verdugos, van por el mundo muchos obsecuentes, lacayos y hasta exquisitos apologistas que con el pretexto de exaltar las virtudes del pueblo norteamericano resultan alabando a la dirigencia imperial de  Estados Unidos. Pero una cosa es el Imperio y otra el pueblo norteamericano.

 

 El pueblo estadounidense está constituido por todos aquellos hombres y mujeres que, ayer y hoy, se quedaron en ese extenso suelo de promisión; por quienes lograron una compacta mezcla  de las más heterogéneas  razas, etnias, religiones, lenguas, costumbres y culturas de todo el mundo; por quienes experimentaron sufrimiento al tener que dejar su lugar de origen, pero llevando en el alma la ilusión, la fuerza y la audacia del inmigrante; por quienes fueron llegando después de la Independencia e intervinieron con su fuerza y su inteligencia, en el despegue industrial, científico, cultural y artístico de lo que más tarde  sería la primera y única potencia del universo, y por quienes hoy siguen llegando de todos los extremos y meridianos del planeta, acosados por la pobreza, el hambre, el desempleo y la guerra, con la esperanza de salvar la propia vida y la de su familia que lleva consigo o que dejó  allá en su patria al atravesar las fronteras. El pueblo estadounidense está conformado por descendientes  de ingleses, holandeses, franceses, alemanes, irlandeses, italianos, japoneses, judíos, polacos, escoceses, suizos, griegos, suecos y mexicanos de ayer; así como por asiáticos, africanos y latinoamericanos de hoy; por quienes han alcanzado la ciudadanía norteamericana o son simples residentes que tiene como punto de mira afianzar su trabajo y reunir los requisitos para obtener sus plenos derechos civiles y políticos. Una copa por ese pueblo, por sus ONG y sus intelectuales que luchan porque la  justicia social y la paz  se consoliden en todo el mundo.


Y, la respuesta a la pregunta con la que se encabeza esta, es: conocerlo y reeducarlo. Es un trabajo dispendioso: el estudio de su historia y de su sociología. Y luego, una difícil tarea de pedagogía, porque leyendo a autores norteamericanos como Comsky, Korten, Williams, etc., se observa que la arrogancia, la prepotencia, el mesianismo de pueblo escogido que asume la dirigencia estadounidense, como  la educación y formación del hombre le vienen de su origen, de su crianza, de lo que se le enseñó en casa. El Imperio británico se propuso construir un nuevo Imperio al otro lado del Atlántico, y los Padres Fundadores, así entendieron su misión.

 

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