Los tucanos: el negocio de la guerra

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Con relación al fallido negocio entre la empresa Embrear del Brasil y el Estado colombiano, por 234 millones de dólares para la adquisición de  24 aviones Tucanos, dice el editorial de EL MUNDO: "Pedimos la intervención de Transparencia  para que señale los responsables del delito que se intentaba cometer contra Colombia" (19-11-02). Nada en la guerra es limpio, y la compra de los aviones no puede ser la excepción. Aquí es válida la presunción general que tiene el vicepresidente Santos: "La corrupción está ahí, usted hace un poquito de investigación, tiene decisión y empieza a obtener resultados casi de inmediato".

 

Si hay algo deshonesto y sórdido en el sucio paisaje de la guerra, es la adquisición de armas por los distintos contendientes de un conflicto, sea éste interno o internacional. Todo el ciclo cultural de las armas comprende tres grandes etapas: producción, comercialización y uso. Y cada una está sujeta a una dispersa y anárquica reglamentación, donde quien tiene la última palabra es el que tiene la fuerza.

 

 

La ausencia de una regulación de carácter general deja al arbitrio del más fuerte todas las decisiones en materia de armas: el matón fabrica las armas, el matón las vende y el matón impone las condiciones de uso y se reserva el derecho de entrenar a su comprador. Y si faltare algo más, el matón, asimismo, puede alegar legítima defensa cuando tenga la sospecha de que en alta mar,  por el espacio aéreo o por las fronteras terrestres se transportan armas sin el permiso respectivo, porque los matones de cada época siempre tendrán un pretexto: el imperio romano también se apoderó del mundo alegando legítima defensa. En definitiva, los guerreros de todos los países y de todos los pelajes no se hallan al servicio de su patria sino al servicio de los fabricantes de armas, que legal o ilegalmente son capaces de ponerlas en las manos de los combatientes, insurgentes o contrainsurgentes, como ha sucedido en el conflicto interno colombiano.

 

 

La venalidad en la compra de aviones de guerra no es asunto nuevo. En febrero de 1976, estalló el escándalo mundial por los sobornos de la Lockheed Aircraft Corporation a gobernantes, legisladores y altos mandos militares de países asiáticos, europeos y latinoamericanos: Japón, Irán, Italia, Holanda y Colombia.  Conocido el alboroto, los gobiernos de los países implicados anunciaron en su oportunidad, las más implacables pesquisas para llegar al fondo del asunto. En nuestro país se vieron involucrados dos excomandantes y un comandante de la Fuerza Aérea, y la alta dirigencia civil y militar prometió una investigación exhaustiva, y puso a la cabeza de las indagaciones al Procurador Delegado para las Fuerzas Militares, en ese momento bajo la responsabilidad de un militar, más concretamente de un vicealmirante.

 

 

En países como Italia, Irán y Japón, el revuelo causado por el soborno de la Lockheed produjo investigaciones reales, revelación de nombres de militares y políticos sobornados, sanciones, destituciones y un suicidio -el del japonés-, y todo acompañado de indignadas manifestaciones callejeras. En Colombia todos los implicados salieron limpios como un copo de nieve.

 

 

Ahora la compra de los aviones Tucanos brasileños fracasó, con explicable pesadumbre de todos los que intervinieron en los contactos, estudios, cabildeos y presiones para que los presidentes Pastrana o Uribe aprobaran el negocio. Como los colombianos tenemos derecho a conocer toda la verdad de este novelón y de las demás compras de equipo bélico, que intervenga Transparencia y todas veedurías ciudadanas,  y que se levante el velo  en el comercio de armas.

 

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