Los secuestrados tienen derecho a la vida... menos soberbia presidente Uribe.

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Las escarpadas montañas, los peligrosos desfiladeros, los helados páramos, los caminos embarrados, los caudalosos ríos y los profundos cañones colombianos son testigos mudos,  de penas, angustias, impotencias, desamparos y soledades de 4.791 personas  injustamente privadas de la libertad por grupos guerrilleros o paramilitares.

Perder la libertad bajo distintas modalidades y condiciones  es propio de la guerra. Prisioneros de guerra, campos de concentración, cárceles, calabozos, cadenas y aislamiento, retenciones y captura de civiles, con diversas finalidades: para arrancarle información a la víctima, como recurso económico, como impacto político, y como instrumento de presión para lograr un canje de prisioneros. Nada de esto es nuevo en las guerras, desde las más antiguas que registra la historia hasta las más modernas, tanto las imperiales como las domésticas.

En Colombia el inicuo mecanismo de guerra se ha convertido en una endemia criminal, y en el más grande peligro contra la libertad y la dignidad de las personas. Todos los colombianos estamos en la mira de los secuestradores. Bajo la modalidad del secuestro exprés, se intercepta una familia cualquiera, se le quita el carro o se le retiene un ser querido, mientras los demás parientes consiguen 50, 30, 10 o 5 millones de pesos para obtener la entrega del vehículo o la libertad del secuestrado.

Todo miembro de la especie humana por el sólo hecho de serlo, tiene derecho a la vida, a la dignidad y a la libertad. Hoy todos los secuestrados tienen en su entorno familiar, social, gremial o político un liderazgo. Es el padre o la madre de familia, el niño o el joven, el oficial o suboficial de la Fuerza Pública, el finquero que crea dos empleos en el vecindario, el hacendado que amplía los puestos de trabajo, el industrial o el banquero que dirige una empresa.

Entre los líderes de la sociedad que hoy sufren el flagelo del secuestro, están, el gobernador de Antioquia, once diputados del Valle, cinco congresistas, dos ex ministros y  una ex candidata presidencial. Muchas de estas víctimas selectivas fueron elegidas por miles o cientos de miles de ciudadanos. He ahí la razón, de que tantas voces confluyan a la vez ante el presidente Uribe, para que el primer mandatario de la Nación haga algo para obtener la libertad de estos secuestrados. El ex presidente López, las ONG, los intelectuales y el presidente de la Cámara, William Vélez,  insisten en el intercambio humanitario.

Pero para lograr esa decisión humanitaria, se necesita que el presidente Uribe le baje unos grados a su soberbia impenitente. La soberbia es una pasión desordenada por alcanzar la propia excelencia  aun a costa de quebrantar la razón. Es una especie de egolatría o culto a su propio yo. "Trabajar, trabajar y trabajar", no es una simple formalidad coloquial, sino la búsqueda de la excelencia cueste lo que cueste.

Y en medio de esa muletilla inofensiva, ha dado grandes señales de soberbia: posesionar a Fernando Londoño en contra de la opinión pública, amenazar constantemente al Congreso e insistir en un referendo inocuo. Sobre la suerte de los secuestrados, se percibe en el doctor Uribe Vélez una indiferencia que raya con la insensibilidad. "Todo está en manos de la ONU", es lo que ha dicho en público. Mientras tanto, la tropa avanza hacia los escondrijos de los secuestradores y el temor que los familiares de las víctimas y todos los colombianos tenemos, es que las balas y las bombas no distingan entre  secuestrados y captores.

El presidente Uribe y la cúpula de su régimen, como buenos escolásticos, deberían recordar que Jesús recibía a todos los pecadores con inmenso amor y mansedumbre, menos a los soberbios, porque se creían justos y despreciaban a los demás.

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