Abolir las causas de la guerra es prioritario

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El próximo ministro del Interior y de Justicia ha hecho varios anuncios, pero el que más reacción ha despertado es el de volver al estado de sitio, sin que el decreto que lo convoque tenga control jurisdiccional. El recorte de los derechos fundamentales, lo evaluará y calificará por sí y ante sí el presidente de la República. La propuesta tiene coherencia con el discurso de campaña del presidente Uribe, y si antes había pretextos, hoy ha surgido uno contundente: el hostigamiento a los alcaldes por parte de la guerrilla. Sin embargo, las medidas de fuerza no son suficientes. Es preciso buscar las causas de la guerra, y éstas no se encuentran en nuestro pasado animal, ni en nuestros ascendientes homínidos, sino que han variado con las fases históricas de la humanidad.

Organizadas las primeras ciudades-Estado, la causa de la guerra fue la invasión del territorio de los pueblos vecinos y generalmente concluyó con el arrasamiento total de los vencidos. Estatuidos los imperios, la causa de la guerra fue la ambición de conquista, el deseo de gloria del guerrero, en la inmensa mayoría de las veces disfrazados de propósitos más nobles. Luego, cuando los pueblos colonizados  se cansaron de las injusticias de los imperios, la causa de la guerra fue lograr la independencia nacional. Las causas de las guerras civiles que han enfrentado las distintas naciones,  se hallan en las diferencias de concepciones políticas, económicas, religiosas y étnicas de los componentes de la sociedad. Finalmente, las causas de las guerras insurgentes, se encuentran en la pobreza, el hambre, el desempleo, las enfermedades y la falta de servicios públicos en general. Muchas de estas causas objetivas se hallan acompañadas de una alta dosis de venganzas, odios y rencores derivados de conflictos anteriores.

En el mundo de hoy tienen presencia tres causas objetivas de la guerra: el expansionismo imperial, el fanatismo étnico-religioso y la injusticia social. El primero materializa sus propósitos de varias maneras: la conquista, la guerra preventiva, la guerra comercial, la agresión, el enclave militar, la consolidación, protección y defensa de sus compañías transnacionales. Por ahora, esta no es la causa de nuestra guerra. El fanatismo étnico-religioso es un hecho tangible que se puede palpar en el día a día de las guerras que se adelantan especialmente en los Balcanes, en el Oriente Medio y en Argelia. Es el tema del libro El choque de civilizaciones del pensador estadounidense Samuel Huntington, pero afortunadamente tampoco es nuestro caso.

Todos los movimientos guerrilleros que se iniciaron durante el siglo XX en América Latina, desde México hasta Argentina, pasando por Colombia, Perú y Uruguay, tuvieron su origen, no en “el choque de civilizaciones”, sino en la injusticia social. En nuestro país el conflicto interno nada tiene que ver con la tesis de Huntington, sino que es el producto de la  bicentenaria y descomunal exclusión social, reconocida incluso por el propio Estado y por organismos internacionales. De los 42.3 millones de colombianos, hay 27 millones de pobres y de éstos, 11 en condición de indigentes, mientras que el 20 por ciento de las familias más ricas concentra el 52 por ciento del total de los ingresos de la Nación, y  menos del 2 por ciento de los propietarios monopoliza  el 53 por ciento de la tierra.

Los mecanismos para abolir las causas de la guerra, aquí y ahora, se sintetizan en una frase: menos concentración de bienes y servicios, menos pobreza, menos hambre, menos enfermedades, más alimentos, salud y educación para todos los colombianos. El sentido y el alcance de estas pocas palabras explican la razón del conflicto interno. Ni el comunismo –otrora–, ni la droga, y ni siquiera el terrorismo son todo el problema, sino apenas parte de él. Mientras no se ataquen las causas de la guerra, así se elimine o se encadene al último guerrillero, el conflicto seguirá vivo. La miseria y el hambre no se someten con estado de sitio, aunque éste suprima todas las libertades públicas.

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