"Farcpolítica": otra tramoya del régimen

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La simulación del presidente Uribe es de tal magnitud y sutileza a la vez,  que ha logrado tramar hasta las inteligencias más lúcidas, haciendo de la política una pirámide al engaño y a la falsedad. Según el Drae, la segunda acepción del verbo tramar dice: “Disponer o preparar con astucia o dolo un enredo, engaño o traición”.

De acuerdo con la misma obra, la tercera acepción, señala: “Disponer con habilidad la ejecución de cualquier cosa complicada o difícil”. Si el jefe de Estado ha tramado a los más lúcidos ¡cuántos estragos causará en el imaginario del común! El editorialista principal del diario El Tiempo escribió el domingo 14 de diciembre de 2008: “Pensamos que ha llegado el momento en que Álvaro Uribe debe decirle de manera clara e inequívoca al país que no aspira a ser elegido por tercera vez en el 2010 […]. De tomar esa decisión, garantizará la vitalidad de su legado por una generación más y dará una muestra de grandeza que la historia no olvidará”.



Pero como faltando quince minutos para cumplirse la hora veinticuatro del día 16 de diciembre del mismo año, Uribe convocó al Congreso a sesiones extraordinarias, con el único propósito de salvar el referendo que le asegure un tercer mandato, el mismo diario, el domingo 21 de diciembre, editorializó así: “El acto de visión y grandeza que muchos esperábamos quedó convertido en una hábil jugada parlamentaria”. Es decir, hasta ese día el presidente Uribe tenía tramado al editorialista principal del diario más influyente de Colombia. Al respecto de ese candor político cabría preguntar, ¿cómo puede pedírsele grandeza al hombre que tanto ha empequeñecido la política colombiana? La pequeñez de los gobernantes empequeñece al pueblo, a la sociedad y a las instituciones. Luis David, el pintor y constituyente de la Revolución francesa lo dijo de otra manera con relación a los franceses: “Se han convertido en cobardes, feroces y pérfidos, como su gobierno. ¡Oh verdad humillante! Tal era el francés de los tiempos pasados”.



Que la pequeña  política de Uribe ha empequeñecido y degradado la sociedad colombiana ya lo sabíamos desde su primer mandato. Pero desconocíamos aún todas las “hábiles jugadas”, –para decirlo con las palabras del editorialista–, que tanto él, como sus amigos, habían hecho para lograr tan altas votaciones y mantenerse en el poder. En efecto,  pese a que el “pacto de Ralito” se firmó ocho meses antes de las elecciones de 2002,  de ese hecho no se supo sino hasta enero de 2007. Se sabía de las maniobras que el gobierno había tramado para que fuera aprobada su reelección, pero de la compra de los representantes Teodolindo Avendaño y Yidis Medina, como mercancía física, no se tenía conocimiento. Se sabía de los falsos positivos, pero estos no se habían vuelto masivos. Sin embargo, aún no había estallado la crisis internacional por el bombardeo al territorio ecuatoriano, ni se conocía que en los operativos militares el Ejército colombiano  utilizaba los símbolos humanitarios internacionales. Tampoco se sabía que el Ejecutivo hacía espionaje a la Corte Suprema y a la  Oposición. Mucho menos imaginábamos que para ocultar las arbitrariedades anteriores se inventaría otra tramoya contra los disidentes: la “farcpolítica”.

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