Las guerras del Imperio estadounidense*
Formalmente, Estados Unidos de Norteamérica no es un imperio. Sin embargo, la realidad desmiente el texto de sus instituciones republicanas y las declaraciones protocolarias con las que sus gobernantes contemporáneos pretenden tranquilizar a los pueblos del orbe. El estadounidense William Appleman Williams, en su obra El imperialismo como forma de vida, en primer término nos invita a reconocer esa realidad, así: "Yo nací y me crié en el útero imperial norteamericano, pero mi experiencia y mi estudio de la historia me han capacitado para comprender que debemos dejar esa incubadora imperial si queremos convertirnos en ciudadanos del mundo real"[1].
Como las víctimas suelen darles una mano a sus verdugos, hay regados por todo el planeta muchos obsecuentes lacayos y hasta exquisitos apologistas que, con el pretexto de exaltar las virtudes del pueblo norteamericano, resultan alabando a la dirigencia política y empresarial de Estados Unidos. Pero una cosa es el imperio y otra cosa, bien distinta, el pueblo estadounidense.
Cuando se percibe la intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de cualquier país débil (y frente al gran imperio lo son casi todas las naciones del mundo), cuando se observa su despliegue de la fuerza militar -uniformada o encubierta-, cuando se ve la arrogancia de algunos de sus mandatarios fungiendo como policías del planeta, de inmediato se piensa, con prevención, que así debe ser todo el pueblo norteamericano. Sencillamente, así es el imperio estadounidense, se dice. Aunque esa creencia se halla bien fundada en el comportamiento objetivo de los gobernantes, legisladores y mariscales de campo, no todo el pueblo estadounidense es, piensa y obra como aquellos petulantes que dicen representarlo. Entonces ¿quién es el pueblo estadounidense?
El pueblo estadounidense está constituido por todos aquellos hombres y mujeres que, ayer y hoy, se quedaron en ese extenso suelo de promisión; por quienes lograron una compacta mezcla de las más heterogéneas razas, etnias, religiones, lenguas, costumbres y culturas de todo el mundo; por quienes experimentaron sufrimiento al tener que dejar su lugar de origen, pero llevando en el alma la ilusión, la fuerza y la audacia del inmigrante; por quienes fueron llegando después de la Independencia e intervinieron, con su fuerza y su inteligencia, en el despegue industrial, científico, cultural y artístico de lo que hoy es la primera y única potencia del universo, y por quienes hoy siguen llegando de todos los extremos y meridianos del planeta, acosados por la pobreza, el hambre, el desempleo y la guerra, con la esperanza de salvar la propia vida y la de las familias que llevan consigo o que dejaron allá en su patria al atravesar las fronteras. Ese pueblo estadounidense está conformado por los descendientes de ingleses, holandeses, franceses, alemanes, irlandeses, italianos, japoneses, judíos, polacos, escoceses, suizos, griegos, suecos y mexicanos de ayer, así como por asiáticos, africanos y latinoamericanos de hoy; por quienes han alcanzado la ciudadanía norteamericana o son simples residentes que tienen como punto de mira consolidar su trabajo y reunir los requisitos para obtener sus plenos derechos civiles y políticos.
En este artículo se desarrollan en ocho puntos, cuyos temas guardan íntima relación entre si: un imperio pare otro imperio, guerra fría, guerra de Corea, guerra de Vietnam, guerra del Golfo, guerra de Kosovo, las primeras guerras del siglo XXI, los signos inequívocos del imperio y en medio de la guerra un símbolo de paz.
Ver documento completo[1] WILLIAMS, William Appleman. El imperialismo como forma de vida. México, Fondo de Cultura Económica, 1989, p. 14.
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