Investigar es pensar

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Hoy todo está en crisis: el hombre, la sociedad, la familia, la educación, las ideologías, los sistemas políticos, y por supuesto, el Estado y su legitimidad. Pero la crisis de mayor hondura es la del pensamiento político.

En el devenir de los tiempos no han sido simétricas las investigaciones en ciencia y tecnología, por un lado, y  en ciencia política, como parte de la filosofía, por el otro. Mientras que en los primeros tiempos tuvo lugar la investigación empírica en la domesticación de los animales y en el descubrimiento de la agricultura -entre otros procesos-, el debate político no inexistía. Entre los siglos IX y IV a. C., la ventaja fue sideral para la ciencia política. Con base en lo que había hasta entonces y apoyado en sus propias investigaciones, Platón hizo el más amplio estudio que en materia de ciencia política se haya realizado en el mundo occidental. Nada de lo que en ciencia política se ha dicho después es nuevo.

El debate entre ciencia-tecnología y ciencia política guardó cierto  equilibrio durante  el Renacimiento y la Ilustración. Por un lado, revolución comercial, industrial y agrícola, y, por el otro, una revolución intelectual y tres revoluciones políticas: inglesa, norteamericana y francesa. Pero, aplacados el furor filosófico-político de la democracia liberal y su lucha dialéctica con las corrientes socialistas, se impuso una trilogía perversa: especulación financiera-tecnología-mercado, y hubo un retraso absoluto de la ciencia política, o más que un retraso, su petrificación.

A la petrificación del pensamiento político se agregaron dos factores más de distanciamiento: la velocidad de los hechos y de las comunicaciones. A diario en Colombia y en el universo ocurren tantos y tan atropellados hechos y es tan frágil nuestra memoria, que los actuales van eclipsando velozmente los últimos. Solamente los de hoy en la mañana se hallan fijados en nuestra conciencia. Los de ayer ya se borraron. Esto es demasiado grave para resolver nuestras propias y solitarias dudas, pero es más grave para quienes deben regir los destinos de una familia, de una empresa, de un Estado, de una sociedad. El desbocado avance tecnológico en la transmisión de la información, resultante de la combinación  de la sistematización  y de las telecomunicaciones, produce datos, noticias e imágenes que no son fáciles de digerir y asimilar a la inteligencia humana. Las anteriores circunstancias obligarían a crear comités, células o grupos de analistas y pensadores para controvertir y sintetizar las ideas que se aproximen a la verdad. Pero no sólo no existen estos grupos de pensadores, sino que al parecer a cada hombre y a cada mujer se le ha agotado la imaginación.

La reflexión, el examen cuidadoso, el discurrir e imaginar una idea, todo aquello que apunta a un acto u operación intelectual para satisfacer la simple inquietud personal, para realizar una tarea doméstica, o con el propósito de tomar una decisión política,    presentar una propuesta a la opinión pública, o con mayor rigor a una asamblea o cuerpo deliberante, ha desaparecido del escenario colombiano. No es falta de discurso. Al contrario, éste es copioso, a veces altisonante, irrespetuoso y de fluida verborrea, como el de los consejeros y asesores del régimen. Es una evidente ausencia de pensamiento político.

Petrificación del pensamiento por una parte y especulación financiera-tecnología-mercado por la otra, son la causa de la actual crisis económica mundial. No es tan sólo la quiebra de unos bancos y del régimen financiero. Es el agotamiento de todo el sistema capitalista y de la ausencia de un pensamiento político que lo oriente, dirija y encauce. Y cuando más se necesita con urgencia que el hombre en general y los investigadores en particular se dediquen a pensar en cómo encauzar el mundo, la ley colombiana 1286 de 2009, denominada de "Ciencia, Tecnología e Innovación" apenas sí menciona las ciencias sociales, responsables de conducir al hombre, a la sociedad y el Estado.

En la ley 1286, todas las apuestas del Estado son por la empresa privada. Así lo indican sus objetivos: formar los ciudadanos para que "promuevan la creación de empresas";  incorporar la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la innovación a los procesos productivos", y  "modernizar el aparato productivo nacional". La calidad de la educación formal y no formal (media, técnica y superior), la investigación y los criterios para su evaluación; la conformación de las comunidades científicas y "la determinación  de las políticas generales en materia de ciencia, tecnología e innovación", tienen como propósito apoyar "los sectores productivos".

Ningún colombiano debe oponerse al vigor con que el Estado interviene para proteger, garantizar y favorecer la industria nacional, máxime cuando a las puertas del bicentenario de su Independencia, Colombia está muy lejos de la vanguardia en ciencia y tecnología. En ciencias médicas y exactas, telecomunicaciones, metalmecánica  y biología somos pacientes y receptores, pero, salvo algunas excepciones individuales, no hemos aportado nada significativo al desarrollo del conocimiento científico. La investigación como fase superior de la educación debe preparar a los industriales colombianos para que se apropien del conocimiento, de la tecnología y logren el desarrollo de una verdadera industria nacional. Sin embargo, lo que decepciona  de la ley no es que se proteja la empresa privada sino el injusto desequilibrio entre el interés particular de los empresarios y el interés general de las ciencias sociales.

Independientemente de ese gran desequilibrio, la inversión para investigación en Colombia es supremamente baja. Las cifras nos dicen que la inversión total de Colombia en ciencia y tecnología es de 0,5% del Producto Interno Bruto, uno de los más bajos de América Latina, según el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, mientras que Venezuela cuenta con el 2%, Brasil con el 1,3% y Chile con el 1% del PIB. Elevar el rubro para investigación, ciencia y tecnología al 2% del PIB y asignarle la mitad de éste al estudio de las ciencias sociales es lo acertado y justo.

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