El deporte en los griegos: una mirada desde Platón

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            Las primeras manifestaciones de fuerza, habilidad y resistencia que tuvo el hombre no fueron inspiradas en  el pasatiempo y la diversión, sino en la necesidad: correr para escapar de los animales, saltar para vencer o franquear los obstáculos naturales, atravesar a nado los caudalosos ríos, lanzar armas como las jabalinas,  luchar cuerpo a cuerpo  con el enemigo. Todas estas acciones fueron ritualizadas en las comunidades primitivas y quedaron asociadas a la religión y a las celebraciones heroicas.

 

             En una etapa superior de la evolución social, las más antiguas manifestaciones deportivas estaban relacionadas con un tipo de gimnasia higiénico-médica  y acaecieron en los imperios egipcio, chino y japonés hacia el año 2700 a. C. En Grecia la gimnasia era un elemento característico de la formación  del niño y del joven. Desde la infancia hasta la adolescencia se practicaban actividades físicas en forma obligatoria: esa práctica era uno de los rasgos dominantes de la vida griega. Dondequiera que se implantara el helenismo aparecían gimnasios, siendo estos los centros de mayor importancia en esa civilización. El deporte para los griegos no sólo era un entretenimiento apreciado, sino un conjunto de preocupaciones higiénicas, medicinales, éticas y estéticas. Desde la época arcaica, Grecia conoció la existencia de concursos atléticos y, por consiguiente, una educación física para los niños.               

 

En Grecia, desde el II milenio a. C. se celebraron juegos en honor de los diversos dioses: Gea, Cronos, Rea, Hera, Pélope, Hipodemia y Zeus. Sin embargo, lentamente, este último que a su vez es padre de dioses, se impuso sobre los demás. Así nacieron los Juegos Olímpicos  en el 776 a. C., en la ciudad sagrada de Olimpia,  población  ubicada en la parte noroeste de la Península del Peloponeso, a unos 300 kilómetros de Atenas. En los primeros años solamente había una competencia: una carrera de aproximadamente 190 metros en las inmediaciones de la ciudad. Paulatinamente se fueron agregando más disciplinas, hasta llegar a doce en el mundo antiguo. De este modo, las Olimpiadas  fueron el punto de referencia para contabilizar el tiempo y saber las fechas de los grandes acontecimientos.             

 

Durante mil ciento setenta años, en el mundo antiguo, se celebraron las Olimpiadas, hasta cuando el emperador Teodosio I, las prohibió en el año 394 de nuestra era, con el mismo argumento con el que Justiniano I ordenó el cierre de las escuelas filosóficas en el 529: por ser expresiones paganas. Pero el francés  Pierre de Fredi, Barón de Coubertin, deportista consumado y admirador de la cultura griega, se empeñó en restablecer las Olimpiadas, y logró que se celebrara una reunión en la Sorbona de París en 1894 con ese propósito. Dos años más tarde, el 6 de abril de 1896, se inauguraban los Juegos Olímpicos del mundo moderno, con nueve disciplinas: atletismo, ciclismo, esgrima, gimnasia, tenis, tiro, natación, halterofilia y lucha. En atletismo la prueba más importante fue la maratón: la ganó el pastor griego Spiridon Louys, quien corrió la misma distancia (42.195 kms.) que anduvo el soldado griego Filípides tras la batalla de Maratón en el 490 a.C., en la que Milciades venció al ejército persa.             

 

Cuatrocientos años después de inauguradas las primeras Olimpiadas, Platón comenzó a escribir su extensa y profunda obra. Parte esencial de ese legado tiene que ver con la educación: “Antes de Platón nadie se había dedicado a reconocer en qué circunstancias se impone la acción educativa, a  qué exigencias ha de responder, y en qué condiciones es posible: fue el primero en poseer una filosofía de la educación” (Joseph Moreau). La educación es, para Platón, el instrumento necesario para formar al hombre, de manera integral y bella: “La buena educación –dice– es la que da al cuerpo y al alma toda la perfección y la belleza de que son capaces”. Y, ¿con qué instrumentos se logra esa perfección y esa belleza? Con la gimnasia para formar el cuerpo y con la música para formar el alma. En el marco de estos dos instrumentos, se debe educar al hombre desde su nacimiento hasta su muerte: “Sólo sé que ningún ser vivo nace teniendo tanta inteligencia como le corresponde tener cuando muera” (Leyes, 672c). 

 

 

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