Uribe: una psicología de guerra

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            En la rueda de prensa concedida por Alan Jara con motivo de su liberación, dijo muchas cosas que conmovieron el imaginario colectivo. Quizás el juicio más impresionante que hizo fue el relacionado con la mutua, perversa e íntima necesidad de los guerreros. “Pareciera –dijo Jara– que Uribe necesitara de las Farc y que las Farc necesitaran de Uribe”. ¿A qué se debe esta necesidad perversa? A la psicología de guerra que se apodera de todos los guerreros, y el presidente Uribe lo es por excelencia. 

 

             Hace falta que, en el marco del principio “conócete a ti mismo”, se haga un  profundo estudio de psicología y psicoanálisis sobre la personalidad de quienes provocan, ordenan  y hacen la guerra.  La parafernalia de la guerra, la cultura de la guerra, que es factor crucial de la guerra misma, y la ambición de gloria de los guerreros despiertan una conducta, un comportamiento, un modo de ser, un entorno humano y social que se debe denominar “psicología de guerra”. Algunos guerreros, pensadores y gobernantes llaman “guerra psicológica” a esta conducta, pero este concepto se queda corto porque sólo se refiere a todos los métodos para incidir en las filas del bando contrario, para destruir su voluntad de resistencia y de lucha, y en segmentos importantes de la “población enemiga”, para minar el apoyo al ejército insurgente.

 

 En realidad el concepto “psicología de guerra” comprende la conducta del propio guerrero y  todas las acciones y comportamientos que afectan a todos los elementos humanos que se ven   envueltos en un hostigamiento militar: honor, vanidad, fama, egoísmo, arrogancia, temor, odio, prepotencia, propaganda ideológica, amenaza, mentira, chisme, presión, rumor,  etc. Esa psicología de guerra nubla la razón, doblega la sensibilidad humana y endurece el alma hasta el punto de llevar al sacrificio y perturbar  el bienestar y la paz de todo un pueblo por los laureles que el comandante general de guerra ha de cosechar en el campo de  batalla. Y tras el laurel, en pos de esa resplandeciente felicidad de la sangre y de la muerte, se despiertan las pasiones por la guerra, y muchas veces el guerrero cree que podrá ganar una batalla con el decidido y firme deseo de hacerlo, y en un arrebato de entusiasmo aspira   ver tantos muertos, heridos y prisioneros en las filas enemigas, porque quiere comprobar, con aquella visión, el temple de su alma y la reciedumbre de su personalidad.

 

            Esa conducta, ese comportamiento, esa psicología de guerra, en algunos guerreros linda con la locura y los hace sentir que son dueños de la tropa y de sus pueblos. Esa psicología de  guerra es lo que motiva al general francés Andrés Beaufre a enseñar que “las operaciones han de conseguir un efecto psicológico en el enemigo y en la población [...]. Los combates deben ser útiles para el prestigio. Los fracasos han de ser ocultados o compensados con éxitos más importantes, destacándolos constantemente”. Es lo que hace Uribe: como la liberación unilateral de Jara y de los otros cinco rehenes de las Farc,  pese a los  hostigamientos aéreos,  fue un éxito, empaña sus resultados descargando sobre los pacifistas de Colombia un sartal de señalamientos  y de odios.

     

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