¿Dónde está el ala progresista del liberalismo?
El liberalismo siempre ha estado dividido. Nadie se debe extrañar de esa realidad. En el liberalismo, como en toda agrupación humana, se han visto enfrentadas dos corrientes: una que lucha por el cambio y otra que combate por la inercia; una que quiere el progreso, otra que se inclina por lo obsoleto; una que busca mecanismos renovadores, otra anhela volver al pasado. Unas veces, la división ha sido abierta y sin ambages, otras, un tanto soterradas. En el devenir de nuestra sociedad, han sido asesinados los más audaces y fieles caudillos de algunas divisiones, y han claudicado ante la libido del poder o ante las dificultades y los riesgos los menos tallados para la lucha, la perseverancia y el sacrificio.
En la división del liberalismo, como en todo fenómeno social, no puede hablarse de un corte físico, cuya línea divisoria pase inflexiblemente por un punto determinado a partir del cual, de un lado esté el bloque del progreso y del otro, el bloque del conservadurismo. Las ideologías jamás podrán ser delimitadas, encerradas y aisladas entre paredes de cristal, con la misma facilidad y el mismo celo con que se aíslan y se conservan los elementos químicos de un laboratorio para evitar espontáneas mezclas y reacciones violentas.
No obstante, debemos aceptar que una de las corrientes del liberalismo comprende una rica y valiosa gama del pensamiento, que va desde aquellos sectores que luchan por la modernización del Estado y la renovación de los partidos políticos, hasta los que piden una efectiva función social de la propiedad. La otra corriente se ha movido entre la producción feudal y el Estado monárquico, autoritario, represivo y neoliberal. Bien puede llamarse a la primera corriente, progresista, democrática, popular o de izquierda; y a la segunda, regresiva, fascista o de derecha. Es la que ahora gobierna, junto con el conservatismo.
Varios momentos estelares ha tenido el ala progresista o modernizante del liberalismo. La administración de José Hilario López y la libertad de los esclavos; los gobiernos radicales y la revolución educativa de 1870; López Pumarejo y los dos primeros años de su Revolución en Marcha (1936-1938); Rafael Uribe Uribe y su programa, Socialismo de Estado de 1904; Gaitán y su programa de 1947; López Michelsen y su MRL, y Galán y su programa de 1985, que incluía, entre otros puntos, elección popular de alcaldes, doble vuelta para la elección presidencial, educación gratuita y obligatoria de nueve años para todos los colombianos y salud como un servicio esencial del Estado. En los primeros tiempos, esta corriente progresista estuvo acompañada por los artesanos, los comerciantes y los pocos intelectuales. Más tarde se le unieron los movimientos obreros, campesinos y estudiantiles, la clase media y los profesionales de las distintas disciplinas.
¿Qué se hizo esa corriente del liberalismo? Es posible que no haya desaparecido. Lo cierto, es que esta corriente del liberalismo ha abandonado a esos sectores sociales que fueron la razón de su existencia y la esencia de su vitalidad: trabajadores, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos industriales y clase media en general. A todos les volteó, la espalda y los dejó a su buena suerte.
Sin embargo, si aun no se le han apagado sus luces, ni se le han cortado sus antenas, la corriente progresista del liberalismo, en los tiempos ominosos que vivimos, tiene su última oportunidad frente a la historia: salir en defensa de esos sectores sociales. Veintisiete millones de pobres: campesinos desterrados, desempleados sin horizontes, trabajadores sin prestaciones sociales y jóvenes sin universidad, y una clase media empobrecida y ahorcada por los impuestos de guerra y la voracidad del capitalismo sin alma. Todos esperamos un grito fuerte y prolongado: ¡Alto! Alto a la supresión de todos los derechos fundamentales y sociales que anuncia y pone en marcha el actual régimen.
No son suficientes las voces airadas de Piedad Córdoba y de Héctor Helí Rojas, ni la declaración de Serpa. Es preciso, la decisión y la acción colectivas: en el Congreso, en la plaza pública, en la calle, en la carretera, en los campos fumigados y bombardeados.
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