Ninguna guerra es limpia
Todas las guerras se hallan empañadas de felonías y traiciones, machadas con el carmesí de sangre inocente. En las guerras no existen pactos, ni promesas, ni principios, como no existen juramentos de lealtad entre lobos y corderos. No es combatiendo limpiamente, con la lealtad del adversario honrado que pone en juego su fuerza y su inteligencia, sin gabelas ni dobleces, como se ganan las guerras, sino con toda una cadena de artimañas y consejas: tendiendo emboscadas, instalando minas, creando grupos paramilitares, sitiando pueblos, cortando provisiones, aniquilando por hambre al enemigo, vistiendo a civiles asesinados con uniforme de guerrilleros o terroristas, utilizando mujeres para obtener información, tejiendo muchas mentiras y declaraciones hipócritas para engañar y distraer. Pero la suciedad de la guerra no se queda ahí, en el engaño y la matanza. También están el robo y el saqueo: del territorio y los tesoros de los pueblos vencidos, de las parcelas de los campesinos, de los relojes, anillos, cadenas y hasta de los dientes de oro de los soldados caídos. Hoy como ayer, aquí y allá, la guerra es un sucio lodazal.
El más antiguo y celebrado de los cantos épicos, la Ilíada, es una sinfonía testimonial de insidias, engaños y perfidias, en la que hasta los dioses traicionan. Dalón, espía de los troyanos tenía la misión de hacer un reconocimiento a las naves de los aqueos, pero fue descubierto por Diomedes y Ulises, quienes con lisonjas le sacaron la información que necesitaban del campo enemigo y luego le dieron muerte sin compasión. La muerte de Héctor, el héroe de Troya, se produjo como consecuencia de la traición de Atenea. En efecto, la “ojizarca diosa” incitó al general troyano a enfrentar a Aquiles con estas palabras: “Ahora vayamos derecho contra él y luchemos con furia sin escatimar para nada las lanzas. Veremos si Aquiles nos mata a los dos y si lleva nuestros despojos ensangrentados a las huecas naves, o si es él quien sucumbe bajo tu lanza”. El encuentro se dio y, en el clímax del combate, Héctor percibió la traición y exclamó: “¡Ay! Sin duda los dioses ya me llaman a la muerte. Atenea me ha engañado”.
Uno de los hechos más sórdidos y deshonestos es el asedio a pueblos y ciudades, aceptado, por desgracia, como legítimo en el impúdico paisaje de la guerra. La historia es prolija en este sucio procedimiento bélico, mediante el cual mueren lentamente padres, hijos, hermanos, amigos y amantes, siendo todos testigos mutuos de su deterioro físico y moral a medida que pasan los días, hasta el punto de que hombres y mujeres carecen de fuerzas para llorar a sus muertos. Jerusalén fue sitiada por los romanos en el año 72 d. C., y, según Josefo, “el hambre preponderaba sobre todos los afectos. Y todos los que aún vivían contemplaban sin lágrimas a quienes, hallándose ya muertos, descansaban en paz ante sus ojos. No se oía el menor ruido en el interior de la ciudad”.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Leningrado fue asediada por los alemanes y, como consecuencia de tan artero mecanismo, murieron, víctimas del hambre y las enfermedades, más de un millón de civiles, es decir, más de los inmolados en Hamburgo, Dresde, Tokio, Hiroshima y Nagasaki juntos.
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