Los secuestrados por la guerra
Siete años de secuestro padeció Ulises en manos de la diosa Calipso en la isla Ogigia, hasta cuando ella misma dispuso la ruta de su libertad. Encadenados y aislados en la base militar de Guantánamo se hallan los prisioneros de la guerra que Bush le declaró a caminos embarrados, los caudalosos ríos y los profundos cañones colombianos son testigos de las penas, angustias, impotencias, desamparos y soledades de miles de personas de la población civil injustamente privadas de la libertad por grupos insurgentes o paramilitares. Y estos dolorosos cuadros de la historia, así de la de ayer como de la de hoy, por desgracia, seguirán humillando la dignidad del género humano, mientras haya armas, mientras haya ejércitos, mientras haya guerras.
En Colombia no todos los secuestros son productos de la guerra, pues el 40.4% de este delito lo realiza la delincuencia común. Respondiendo a esa realidad sociológica nuestra legislación contempla dos clases de secuestro: extorsivo y simple. Frente a la legislación colombiana el secuestro que se deriva de la guerra, es por excelencia extorsivo, y tiene a su vez dos modalidades: económico o político. Es económico –dice la norma– cuando “el cautivo es canjeado por dinero aunque puede ser por cualquier tipo de bien”. Es político “cuando la intención se centra en un posicionamiento de este tipo para la obtención de prebendas jurídicas, y en general cuando se pretende que el Estado ceda en soberanía y en aplicación total de la ley”. Mientras que el secuestro simple tiene motivaciones distintas a las económicas y políticas: conflictos familiares, venganzas personales, prostitución infantil, aspectos emocionales o erótico-sexuales.
En relación con las cifras, entre 1955 y 2004, hubo en Colombia 49.585 secuestrados, y de estos fueron extorsivos 29.497. De los secuestros derivados de la guerra, entre 1977 y 2002, las Farc retuvieron 7.320 personas, equivalente al 24.6% de los secuestrados, y el Eln 6.580, o sea el 22.1% de las víctimas de esta privación de la libertad. Ahora bien: todos los males de la guerra producen un desgarramiento en el alma colectiva, pero si el sufrimiento se mide por el impacto que causa en la opinión pública, ni las matanzas, ni los falsos positivos, ni las minas antipersonales, han generado tal grado de repudio como el secuestro. Basta recordar los ríos humanos en que se convirtieron las calles de Colombia, el 4 de febrero de 2008, reclamando la libertad de los secuestrados.
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