Vuelven los paramilitares

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No es que hayan vuelto sino que jamás se fueron –ni siquiera los extraditados–,  porque son hechura del establecimiento. En el lenguaje de Platón son muchos los “males” que la guerra interna le ha causado a la sociedad colombina y a cada uno de las personas que la integran. Sin embargo, el -más inhumano y dañino es el aparato que el establecimiento creó para enfrentar la subversión: los grupos paramilitares. El mal es de tal naturaleza y magnitud que por sí mismo engendra sus propios males: masacres y destierros de campesinos, usurpación de las mejores tierras, desapariciones de personas, eliminación de líderes políticos, sindicales, comunales e indígenas, asesinato de intelectuales e investigadores, toma de los gobiernos locales y departamentales, infiltración de todos los organismos oficiales, corrupción, crisis general e ilegitimidad del Estado.

 

                 En cuanto a su origen, en un principio apenas se tenía la sospecha de que los grupos paramilitares eran apoyados por algunos sectores de la fuerza pública y por empresarios del agro. Pero con el correr del tiempo, quedó al descubierto la estrecha relación de esas bandas con el Estado y con la empresa privada. El propio Mancuso dijo ante los tribunales que era imposible crear esos ejércitos contrainsurgentes sin el apoyo estatal y de los gremios económicos. En efecto, en mayo de 2007 admitió  que “con el comandante Carlos Castaño, y a través de la Convivir Papagayo, se acordó el pago de tres centavos de dólar por cada caja de banano exportada”.              Uno de los “notables” del proceso de negociación entre Pastrana-Farc, Carlos Lozano, en entrevista realizada para la investigación “Los males de la guerra” que adelanta el Grupo Hombre-Sociedad-Estado, dijo: “Los grupos paramilitares, que algunos investigadores llaman paraestatales, son apoyo fundamental en la lucha contrainsurgente de un régimen. Por lo general asumen la guerra sucia, que le es vedada al Estado por el control que ejercen sobre éste los organismos internacionales y las ONG. Estos grupos paramilitares surgen al amparo del Estado pero también con la colaboración y protección de los empresarios”.  

 

Desde los años 50 del siglo XX existen paramilitares en Colombia, a la manera como estos grupos armados han tenido presencia en muchos países de América Latina, pero la versión actual tuvo su origen en el seno del narcotráfico  –que también es parte del establecimiento–, pues fue en las entrañas de ese negocio ilícito donde se gestó, nació y dio los primeros pasos en su trayectoria criminal. Y algo más: sus finanzas giran en torno al narcotráfico. Acaparar tierras usurpadas a los campesinos, proteger cultivos y comercializar droga son sus principales actividades. Efectivamente, las primeras bandas paramilitares las organizó el narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha, y el cartel de Medellín creó el aparato armado Muerte a Secuestradores (Mas) en 1981, con el fin de perseguir guerrilleros y familiares de éstos. El 3 de diciembre de ese año, un helicóptero lanzó miles de volantes sobre la ciudad de Cali, anunciando públicamente la creación del Mas. En ese comunicado se advertía que 223 jefes de la mafia se habían unido y habían aportado dinero para crear un escuadrón de 2.230 hombres, cuya misión sería ejecutar sin fórmula de juicio a cualquier persona comprometida en algún secuestro.

  

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