La carta de los intelectuales

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Siempre que una sociedad se halla en crisis se averigua por la opinión de los intelectuales. Ahora, cuando la nuestra afronta la más profunda crisis de que se tenga noticia, también resulta imperioso pedir la opinión y la solidaridad de los intelectuales. ¿Y quiénes son los intelectuales? Vulgarmente se tiene por intelectual al escritor, al literato, al periodista, al filósofo, al artista, pero es preciso decir, con Antonio Gramsci, que “todos los hombres son intelectuales, pero  no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales”. Desde ese punto de vista, los obreros, los líderes políticos y los hombres de acción que construyen comités, organizan mítines y persuaden con palabra  y obra a los demás, también  realizan un trabajo intelectual. De unos y otros, cada cual según  el grado y la amplitud de la formación intelectual,  su presencia es necesaria en esta hora de odios, venganzas e incertidumbres. 

 

 

            El papel de los intelectuales es decisivo en este momento, en el presente y a mediano plazo, aunque estemos en desacuerdo con  el escritor italiano Umberto Eco,  quien  tituló su habitual artículo para el semanario L’Espresso del 24 de abril de 1997 así: “El primer deber de los intelectuales: permanecer callados cuando no sirven para nada”. Es conveniente, sin embargo, tener en cuenta que Eco pone una condición para que los intelectuales permanezcan callados: “cuando no sirven para nada”. Pero como los intelectuales siempre servirán para algo,  desaparece la condición.

 

            En el artículo en mención,  Eco dice que los intelectuales son útiles para la sociedad, pero sólo a largo plazo. A corto plazo –señala–, únicamente pueden ser profesionales de la palabra, pero que en el momento de una catástrofe exigirles efectividad a sus voces es tan inútil como si en su tiempo le hubieran reprochado a “Platón el que no hubiera propuesto un remedio para la gastritis”.  Y  más adelante agrega: “Cuando la casa se quema, al intelectual sólo le cabe intentar comportarse como una persona normal y de sentido común, como todo el mundo, pues si se pretende tener una misión específica, se engaña, y quien lo invoca es un histérico que ha olvidado el número de teléfono de   los bomberos”.

 

             Los parangones que pone Eco a manera de imposibles para los intelectuales, son bastante rebatibles. Si a Platón la sociedad de su tiempo le hubiera exigido un remedio para las molestias digestivas, seguramente el gran pensador ateniense habría consultado los textos médicos de Hipócrates y con el auxilio de otras personas preocupadas por la salud del pueblo hubiese inventado un medicamento especial para aliviar la gastritis. Y si un intelectual ve que su casa prende fuego, no puede cruzarse de brazos o simplemente esperar que alguien le pregunte por el número de teléfono de los bomberos. El propio intelectual deberá proveerse de una manguera, conectarla a un grifo y buscar el apoyo de los vecinos para que le ayuden a apagar el incendio. Quizá entre todos los vecinos puedan hacer algo. Eso es lo que pretendemos los intelectuales con la carta al Secretariado de las Farc: hacer algo en medio del incendio de la guerra. Pero hay mucho más por hacer y por decir: serán los temas para otras notas.

     

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