Los problemas del agua

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            Otra vez los pobres con el agua al cuello. Pero esta vez no se trata de  una hipérbole sino una realidad. Las autoridades locales dicen que parte del problema se debe al atasco de las alcantarillas por las basuras que los “marranitos” –según Jorge Veloza–, lanzamos a la calle. Tienen razón los burgomaestres. El derecho a un ambiente sano es quizá el más violentado, porque los hombres no tenemos en cuenta las lecciones simples de la naturaleza y, con los ojos abiertos, andamos en una loca y ciega carrera en la producción  de compuestos  químicos no biodegradables. El hombre, desde los más antiguos tiempos ha sido por excelencia, depredador y contaminador. Pero hay una pequeña diferencia con respecto a la situación actual: el hombre primitivo lo hizo como medio de subsistencia, mientras que el de ahora en un alto porcentaje, tiene algún interés mezquino o mercantil.

 

 

            Hace cuatro millones de años, los más antiguos ascendientes del hombre destruían hierbas, arbustos y especies inferiores de la fauna, pero incurrían en estos hechos, llevados por la necesidad de alimentarse. Y aun después de descubierta y asentada la agricultura, el hombre recicló materiales e hizo terrazas, explotando la humedad del suelo y la fertilidad de las tierras por más de cinco mil años. Pero hace cincuenta, cien, quinientos o mil años, que el ser humano no depreda, destruye  y  contamina por la  simple  necesidad de mitigar el hambre y la sed, sino por la insaciable ambición de controlar bienes y  acumular  riqueza.

 

             El profesor vasco Roberto Bermejo, al respecto de los problemas ambientales, ha realizado un documentado estudio, acompañado de datos estadísticos,  en su obra Manual para una economía ecológica, donde señala que la Unión Europea comercializa más de 100 productos químicos nocivos, y Estados Unidos más de 2.000, y  que, según la OIT, se calcula que se necesitan ochenta años de trabajo para evaluar las características venenosas de las 40.000 nuevas sustancias tóxicas. La producción de residuos tóxicos a la vez, desencadena, toda una serie de consecuencias funestas para el medio ambiente: produce lluvias ácidas, agotamiento de los bosques, degradación del suelo, contaminación del agua, destrucción de la capa de ozono y  calentamiento de la tierra, todo lo cual conlleva al agotamiento de los recursos naturales no renovables.

 

            Uno de los primeros efectos que producen las lluvias ácidas es la degradación del suelo, pues barren y  arrastran los metales pesados, que van a contaminar el agua de dos maneras: una directa, por los ácidos que adquiere, y otra indirecta, en las aguas subterráneas por la acidez que recogen del suelo. El agua, además de contaminarse por el anterior proceso,  escasea debido al  exagerado consumo en riego agrícola, que durante los últimos veinticinco años se ha multiplicado por siete, y a los  usos industriales, en los que el consumo, en el mismo período, fue  veinticinco veces mayor.  Pero en el uso y el abuso del agua, como en el de todos los recursos renovables y no renovables, los pobres siempre llevan las de perder: mientras unos despilfarran el agua, dos tercios de la humanidad carecen de agua potable,  el agua sucia mata a 4.660.000 niños cada año, y en Estados Unidos se consume 70 veces más agua per cápita que en Ghana, y  cuatro veces más que en Suiza.

        

 

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