Atajar la dictadura es la opción

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Así denominé el subtítulo de la segunda edición  del libro Liberalismo hoy,  publicado en noviembre de 2003, cuando ya no había ninguna duda de que el presidente Uribe preparaba la tiranía. Un gobierno sin controles: ni judicial, ni disciplinario, ni político, ni de medios de comunicación, ni de sociedad civil, ni de organismos internacionales. Sin Constitución, o con una hecha por él, para él y controlada por él.  

 

Un lustro después, la opción es la misma porque la amenaza se hizo realidad. Pero el reto de la hora no es sólo del Liberalismo. A la vanguardia debe marchar el Polo, en un contexto mundial y local de luces y de sombras: el gigantismo del mercado nos devora, continúa la guerra inútil  contra un enemigo sin rostro ni estructura –el terrorismo–, y la especulación financiera hace agua. Pese al aniquilamiento de la humanidad con estos inicuos instrumentos, hay algunas noticias buenas. La esperanzadora luz que nació con el siglo XXI –el Foro Social Mundial–, crece en medio de las tinieblas y recorre el mundo, organizando la resistencia civil universal. Vientos renovadores cruzan América Latina y alcanzan a tocar nuestras fronteras. El Polo Democrático se convierte en la primera fuerza política de oposición y su candidato, Carlos Gaviria, obtiene 2.600.000 votos en la última elección,  por segunda vez  una coalición de centro izquierda retiene la alcaldía de Bogotá para ese partido, y, poco a poco la inconformidad social y política comienza a despertar: los trabajadores judiciales,  los de la Registraduría y los corteros de caña exigen sus derechos y los indígenas vuelven a marchar, reclamando sus tierras ancestrales.  
 
 
Sin embargo, el régimen tiránico se consolida y juega con la opinión pública y con la ciudadanía como le da la gana: dueño absoluto de las mayorías del Congreso las manipula como quiere, con excepción de la Suprema –que investiga a los parapolíticos–, las altas Cortes hacen su voluntad. Pone Defensor del Pueblo y Fiscal, y maquina para imponer Procurador, regaña, espía y estigmatiza al principal partido de oposición, y decreta la conmoción interior con el fin de criminalizar los movimientos sindicales, sociales y políticos. Y como si todo esto  no fuera suficiente, lanza su intimidación final: “Llevo por dentro un tote, y todos los días le pido al Espíritu santo que no me lo deje reventar”. ¿Qué pasará el día que falle el Espíritu Santo? El tote del presidente Uribe reventará a Colombia. Si no fuera por tanto desaparecido, por tanta fosa común, por tanto falso positivo, por tanto sufrimiento acumulado en el alma y en el rostro de los más débiles, antes que rabia y depresión daría risa la gran pieza teatral del campeón de la simulación. No sólo impulsa la ley de referendo para que le habilite un tercer período en  2010 sino que promueve una reforma constitucional ordinaria que le permita un cuarto mandato en 2014.  
 
 
¿Qué hacer? En medio de este drama, aquí hay mucho por hacer: disentir –es lo menos–, reflexionar,  dialogar, protestar en la calle,  hablar, escribir, juntar las ideas y las acciones. La opción que hoy tiene el Polo, el Liberalismo y las individualidades  progresistas que todavía tienen oxígeno en su cerebro, junto con otras fuerzas democráticas, es detener la dictadura. Que nadie se llame a engaño: el presidente Uribe, con todos los factores de poder a su alcance,  pretende silenciar el pensamiento disidente,  criminalizar la inconformidad social y gobernar sin control y para siempre.                                

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