Los falsos positivos
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“Falso positivo, profe, ¿no es una contradicción?”, me dijo con asombro un estudiante de la Universidad Libre, en su condición de auxiliar de investigación. La pregunta me la formuló en el marco de la investigación Los males de la guerra. Colombia 1988-2008, que es uno de los proyectos que adelanta el grupo “Hombre-Socieda-Estado”, inscrito en Conciencias, en Categoría “A”. El escepticismo reflejado en su rostro y en el contenido de sus palabras era el testimonio del desconocimiento de la dolorosa situación que vive Colombia en la hora actual. Ni siquiera se había dado cuenta, como tantos otros estudiantes, de que estamos en guerra y que uno de sus males es precisamente lo que la inteligencia del vulgo ha dado en llamar “los falsos positivos”.
Así que el “profe” debió explicarle al grupo de auxiliares de investigación, que en Colombia se vive un conflicto interno, y que en el contexto de esa confrontación armada, desde el Comandante en Jefe de la Fuerza Pública hasta el último de los oficiales troperos les exigen a sus subalternos resultados positivos, es decir bajas en el “campo enemigo”. Como no es fácil para los miembros de las escuadras militares y policiales que salen a patrullar lograr positivos todos los días, entonces se ven obligados a inventarse uno. ¿Cómo? Asesinan a cualquier labriego, líder sindical o indigente, lo visten de guerrillero, le ponen unas armas cerca de su cadáver, y, reportan a sus superiores que el “bandido” murió en combate. Pero con el correr de los días, de los meses o de los años se descubre que el positivo no era real sino inventado. Así nació el concepto que para el estudiante, como para cualquier extranjero resulta contradictorio: “falso positivo”.
Al principio los falsos positivos fueron “graneaditos”, es decir de uno en uno, o de tres en tres, como los tres dirigentes sindicales de Arauca. Pero luego los falsos positivos se volvieron masivos: 45 NN en Ocaña…18 en Risaralda…4 en Popayán, en lo que va corrido de este año (Semana, edición 1.378). Son cadáveres de jóvenes que desaparecieron de su entorno territorial y social y que luego fueron reportados por el Ejército como dados de baja en combate. Y el ministro de Defensa con cara de perplejidad dice ante una asamblea de suboficiales: “Me dicen por ahí que todavía hay reductos dentro de nuestra Fuerza Pública que están exigiendo como resultados cuerpos. Yo me resisto a creer que esto sea cierto”. Aunque el Ministro aparezca más asombrado que el estudiante de la Universidad Libre, su discurso es delatador. “Me dicen por ahí que todavía”. Ningún periodista le preguntó al Ministro ¿quiénes le dicen? Pero lo más comprometedor para la política oficial es el adverbio de tiempo “todavía”. Este adverbio sencillamente es la confesión de que durante un tempo fue política oficial impartida de manera general para toda la tropa. No se sabe en qué momento esa política general cambió, pues al Ministro le parece extraño que aún haya dentro de la Fuerza Pública “reductos que exijan como resultados cuerpos”.
El primo hermano del Ministro, el Vicepresidente Francisco Santos, también anda furioso y lanza amenazas, que también resultan delatadoras: “Esta es una investigación que llevaremos hasta las últimas consecuencias, esté metido quien esté metido en este tema”. ¿Cuántos agentes del Estado y paramilitares estarán metidos en esos asesinatos? Es la respuesta que espera la inmensa mayoría de los colombianos, pues los grandes bandidos son la exigua minoría.
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Reforma Radical o Revolución de la Diversiadad
2005
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