Selección cultural y conflicto

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La memoria desgarradora de la masacre de Trujillo (Valle) golpea la inteligencia y hace reflexionar en lo lejana que está la reconciliación. ¿Por qué?  Porque la sociedad colombiana viene arrastrando el sufrimiento de un conflicto que proyecta volverse centenario. Ese dolor mediante un proceso de selección cultural se ha convertido en un valor socio-antropológico  profundamente negativo.

 

 

            La selección cultural es distinta a la selección natural que estudió Darwin. La selección natural tiene la misma edad de la vida, es decir, unos 4.000 millones de años, y, salvo los procedimientos de clonación y de mejoramiento de las especies, obedece al puro azar. Este juego aleatorio de los genes, se ilustra mejor con una breve anécdota. La excelente bailarina estadounidense, Isadora Ducan, le sugirió al dramaturgo irlandés George  Bernard Shaw, que tuviesen un hijo juntos. “Imagine –dijo la bailarina– un niño con mi belleza y con su inteligencia”. El ingenioso y feo dramaturgo, declinó la insinuación con estas palabras: “¿Pero, y qué tal si sale con mi belleza y su inteligencia?”.

  

            La selección cultural, en cambio es supremamente joven: tan sólo tiene unos seis millones de años, es decir, existe desde el momento en que nuestros más antiguos parientes descendieron de los árboles y dieron inicio a la línea evolutiva de la cual surgió la humanidad. A diferencia de la selección natural, que depende de la herencia, la selección cultural depende de la enseñanza metódica o impositiva que las agrupaciones sociales viejas van impartiéndoles a sus descendientes, o que las agrupaciones sociales contemporáneas van imponiéndose unas a otras.

        

    En la selección cultural influye toda una serie de elementos materiales, como los objetos físicos, los artefactos fabricados por las personas: los vestidos, las viviendas, las escuelas, los templos, las herramientas y las armas. Son determinantes asimismo, los elementos no materiales de la cultura, como los valores y creencias, las costumbres, las normas, las lenguas, los símbolos y los sistemas de gobierno.

 

Hace cincuenta y siete años, en la cuaresma de 1951, Monseñor Miguel Ángel Builles, se preguntaba asombrado: “¿Qué deidad diabólica  cierne sus negras alas sobre Colombia? ¿En qué país del hemisferio occidental o en el mundo entero se registran semejantes crueldades obedeciendo a una consigna infernal? […]. Miembros mutilados, lenguas y ojos arrancados, extremidades cortadas por partículas, entrañas abiertas a barbera y machete, cabezas cortadas, pies y rostros desollados; hombres, mujeres y niños crucificados”. El jerarca católico agregaba, que de un lado operaba la “fuerza pública” que hacía su “pacificación” a la manera Morillo, y del otro, “una rebelión primaria, elemental, caótica, que devuelve golpes a ciegas y que no aspira a decidir políticamente nada”.

  

            La pastoral de Builles es el testimonio de dolor y desesperanza., de la violencia que se incrementó a partir del 7 de agosto de 1946. La sangre vertida a raudales en los campos y ciudades, sin solución de continuidad durante seis décadas, ha dejado profundas heridas en el alma. Sangre y heridas son los elementos materiales y morales, que en el devenir de la selección cultural entran a formar parte de nuestra antropología social. Así que, si la paz se firmara hoy en el papel, necesitaríamos medio siglo más para aclimatarla en el alma. 

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