El político según Platón

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            La controversia que se ha suscitado entre Luis Eduardo Garzón, Carlos Gaviria y otros dirigentes del Polo con motivo de la elección de delegados al II Congreso de ese partido, se podría analizar con el auxilio de la obra política de Platón: Gorgias, República, Timeo, Político, Critias, Leyes  y Carta VII.  Garzón dice que Gaviria es “un hombre ético y un demócrata […], pero en política no lo está haciendo bien”. Y  Gaviria contesta: “Me siento muy orgulloso cuando Lucho dice que soy ético y demócrata. Y me parece un piropo cuando él me llama mal político, porque es que aquí se le dice buen político al tramoyista, al astuto, al de las conspiraciones”.  Los iniciados en el pensamiento político de Platón, que a la vez hayan seguido el intercambio de ideas y de dardos entre Garzón, Gaviria y Petro dirían que no es para tanto, que con uno solo de estos diálogos sería suficiente para saber quien es, y quien no, buen político.

 

 

La palabra que sirve para referirse al hombre que echa discursos en las plazas, en las calles, en las fondas camineras,  y, un poco menos, en los salones de las academias, esta palabra que identifica a la persona que ante todos los auditorios  convoca y hace muchas promesas falsas para lograr su promoción, esta palabra que sirve para  nombrar al ciudadano que ocupa una curul en las corporaciones públicas, en las alcaldías, en las gobernaciones, en los ministerios, en las embajadas y en la presidencia de la República, esta palabra que hoy simboliza el engaño, la mentira, la hipocresía y la corrupción, esta palabra, que hoy está tan desacreditada que quienes ejercen la actividad a la que alude han inventado, para diferenciarse de sus contendientes y rivales, una denominación más odiosa y discriminatoria –politiquería–: la palabra, que designa un oficio que en ciertos escenarios de la sociedad desacredita y avergüenza es el tema del  Político de Platón.

  

Pero Platón no utiliza este diálogo para mancillar al político como lo conocemos hoy ni al político que conoció el pensador ateniense, cuyas diferencias entre uno y otro,  a decir verdad, y como podría suponerse, no son abismales.  Platón, que padeció esa praxis, que la eludió y que fundó su Academia para enseñar la esencia de la política, no utiliza su pluma para vilipendiarla sino para hacer una apología del verdadero político: alguien que para él es el pastor del rebaño humano o, con palabras más poéticas, el valiente y a la vez sensato  artífice de toda la urdimbre y la trama de la sociedad humana,  el genuino oficiante del Estado.

  

            El Político, que contiene una relación y un debate inagotable de temas, es más breve que la República y contiene materias más fáciles de identificar y estudiar. Y aunque en él hay figuras más poéticas, es más “aterrizado” y concreto. Su objetivo es puntual: buscar, identificar y caracterizar al hombre político. En este caso, el político, no es quien echa discursos, simula y embauca sino quien se prepara para manejar el Estado en el área de la administración pública que hoy  ocupa el jefe del órgano ejecutivo. Por eso, para Platón el político, la política o la ciencia política es el arte de la realeza.

              En sus declaraciones, Garzón también habló de izquierda, derecha y centro, y del arrastre de unas fuerzas por otras, así como de narcotráfico, decencia política, reforma agraria y judicial. Todas estas materias pueden estudiarse siguiendo el pensamiento político de Platón, pero la brevedad de esta nota me lo impide. Otra ocasión será propicia.   

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