¿Qué tal una reforma de fondo?

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No hay duda de que en Colombia -en general en el mundo-  se necesita una reforma político-estatal de fondo, substancial o radical. Que el Congreso sea de 160 miembros en vez de 266 y que delibere en un solo cuerpo o en dos, no tiene nada de fondo. Que en una población de 44 millones de habitantes, 266 personas piensen y laboren por el interés general, no es exagerado. Ahora, por productividad en el trabajo, es mejor que las discusiones se hagan en dos corporaciones en vez de que se realicen en una sola. Pero ese no es el punto. El punto debe ir más allá, si de verdad se piensa en serio.

Los sistemas de control que estuvieron presentes en las primeras reflexiones sobre la formación del Estado, con el propósito de ponerles frenos y contrapesos a sus magistrados, hoy  han fracasado. Esta es una discusión bastante vieja. Comenzó con el célebre  diálogo entre los persas  Otanes,  Megabyzo y Darío a la muerte de Cambises (siglo VI a. C.), pues cada uno de los tres defendía  un sistema de gobierno distinto: Otanes se inclinaba por la democracia;  Megabyzo, por la aristocracia, y Darío, por la monarquía. En este diálogo todavía no se hablaba de un gobierno mixto, donde intervinieran el pueblo, la aristocracia y  la monarquía. Fue Platón quien, en el siglo IV a. C., se encargó de analizar cada una de estas formas de gobierno y  su degeneración en anarquía, oligarquía y  tiranía, en la  República y,  de manera más didáctica, en el Político.

El recorrido continuó con Aristóteles  en la  Política y  Polibio  en el libro VI   de sus Historias, y llegó a  todos los pensadores de la Ilustración, siendo Montesquieu  quien, con mayor precisión, se ocupó del tema  en su obra  Del espíritu de las leyes. La esencia de la división tripartita del poder, o sistema de gobierno mixto, consiste en establecer el equilibrio de fuerzas, de frenos y contrapesos, para evitar que haya desbordamientos y  se atente contra la libertad de los ciudadanos. Las inquietudes filosóficas del gobierno mixto, enriquecidas por más de veintitrés siglos con los aportes de todos los pensadores políticos, fueron recogidas por las dos grandes constituciones  occidentales: la de Estados Unidos de Norteamérica, de 1776, y la de  Francia, de 1791, de las cuales se derivaron todos los estatutos fundamentales de Europa y  América Latina.

Ese sistema ha llegado a su agotamiento, porque, tal como fue diseñado y puesto en funcionamiento a partir del último tercio del siglo XVIII, no se le ha introducido ninguna reforma substancial, sino que,  por el contrario, se  ha visto minado con toda suerte actuaciones que obedecen a la encarnizada lucha de intereses particulares que representan quienes ejercen las ramas del poder público. Quienes ocupan las más altas magistraturas  no ejercen el cargo para poner los frenos y contrapesos a los demás funcionarios sino para negociar más jirones y,  a veces, meras migajas de poder. Es decir, cada alto dignatario del Estado se ha convertido en un simple par de los demás y aprovecha las funciones de su cargo para ejercer presiones legales o ilícitas, conocidas por la opinión pública o encubiertas, para satisfacer sus propios intereses, mas no los intereses de la sociedad. Es por eso por lo que ahora se necesita que se amplíen los sistemas de control.

Es indispensable ubicar las ramas y los órganos del poder público justamente en la esencia de lo que son: la división del trabajo en la cúpula de la burocracia. Es decir, no todo los altos dignatarios del Estado pueden hacer la ley, no todos pueden hacer las obras y prestar los servicios públicos, no todos pueden resolver los conflictos jurídicos. Que cada uno haga su oficio. Y frente a este trabajo estatal se necesitan unos sistemas de control cuya iniciativa se encuentre en la masa de particulares, en el pueblo, en los distintos componentes de la sociedad, a través de diferentes organismos, agrupaciones  e instancias.

Los simples mortales de Colombia, esperamos que la imaginación de los líderes de la reforma, alcance para poner en cabeza de la sociedad civil los frenos y contrapesos de los organismos estatales. ¿Cabrá en su inteligencia la reforma que la hora exige?

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