Una visión sobre la investigación
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Palabras pronunciadas por Rafael Ballén en la inauguración del I Encuentro Internacional y V Nacional de Investigación, organizado por la Universidad Libre, durante los días 21, 22 y 23 de agosto de 2008, en Bogotá.
A todos, un afectuoso saludo de bienvenida a este ejercicio espiritual, a este banquete del alma.
En nuestro país, aunque abrumados por los males de la guerra, aquí, al pie de los cerros tutelares de esta gran ciudad, aún tenemos espacio para pensar y soñar. Y lejos de aquí todavía hay ríos incontaminados y valles, selvas y nevados donde el aire es fresco y propicio para la vida. Y, aquí y allá, hay muchas gentes buenas. Los malvados, a decir vedad, son una exigua minoría.
Introducción
Señoras y señores asistentes a este encuentro:
Aunque, en todas las naciones del orbe, los malos también son la minoría, así como deviene el mundo no está bien. Por eso no hay motivo para sentirnos felices o indiferentes. Tan sólo citar unas cifras produce escalofrío: estudios recientes del Banco Mundial indican que hay 3.700 millones de pobres, de los cuales 1.300 viven con menos de un dólar diario y 2.400 con menos de dos dólares por día. Actualmente, cada cinco segundos un niño muere de hambre o por motivos relacionados con la falta de alimentos. El mismo estudio señala que 186 millones de adultos y 88 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años están desempleados y que 184 millones de niños de entre 5 y 17 años forman parte del mercado laboral. Durante los últimos 15 años, la brecha entre ricos y pobres ha crecido considerablemente, pues, en la década de los 90, una persona de clase alta tenía 30 veces más que una pobre. Hoy, esa proporción es de 130 a uno. En relación con su ubicación, la pobreza se concentra en África, Asia meridional, América Latina y el Caribe[1]. Sin embargo, más de 100 millones de personas son pobres en los países industrializados.
Por doquier hay violación de los derechos humanos, cuyas cifras varía en los distintos países. La guerra se come todos los presupuestos y pide cada vez más dólares para comprar armas con tecnología de última generación. Nader Fergany, autor del Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas sobre el Desarrollo, denunció en la 28ª. reunión del Consejo de Amnistía Internacional, celebrada en Sudán, en 2007, que el gasto de Estados Unidos en la ocupación de Irak y Afganistán habría sido suficiente para acabar dos veces con la pobreza del mundo.
Desgraciadamente, todos estos males universales son hechos de la cotidianidad colombiana. Con una población de 45 millones de habitantes, las estadísticas hablan de 67% de pobres. "Los terratenientes, narcotraficantes y paramilitares, que representan el 0,4% de los propietarios, son dueños del 61% de las tierras del país"[2]. En ningún país de América Latina se violan tanto los derechos humanos como en Colombia, pues las desapariciones, las ejecuciones sumarias y la tortura han alcanzado proporciones endémicas. "Si se hiciera un minuto de silencio por cada uno de los muertos, torturados y desaparecidos en los últimos 60 años en Colombia, tendríamos que permanecer callados dos años continuos"[3]. Pero la guerra –nuestro conflicto interno– parece ser el motor que todo lo concentra y lo define: enriquece a unos pocos con destierros y recompensas, domina la cultura, corrompe las costumbres y el lenguaje político, entorpece las relaciones con nuestros vecinos y produce llanto, dolor y sufrimiento con el espectáculo macabro de las masacres, las fosas comunes y los secuestros. Pero todo esto exalta las emociones colectivas de la sociedad y lleva las individuales hasta el delirio, eleva las encuestas a favor de los famosos y pone las plazas y las calles a reventar de “puro fervor patriótico”.
En este punto y hora vuelve la pregunta que durante centurias y milenios se ha planteado la humanidad: ¿qué hacer? Recurrir a los gobernantes, políticos y legisladores sería perturbar su inteligencia, ocupada en los grandes intereses del Estado, en los presupuestos, en la negociación de los grandes mercados y en la invención de una nueva guerra. Ésta, en definitiva, necesitará un conductor y un mariscal de campo que defienda, “para el pueblo”, la soberanía, las instituciones y los valores patrios. Por eso, lo sensato es recurrir a los investigadores de las diferentes áreas del conocimiento. Desde los tiempos más antiguos, ellos dieron los primeros pasos y nos legaron los primeros instrumentos.
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