¿Cuál choque de trenes?
En Colombia se pretende cambiar la realidad con un eslogan. A los violentos ataques del presidente Uribe contra la Corte Suprema de Justicia y contra los dirigentes políticos de oposición se los denomina “choque de trenes”. Sucede así, porque los medios de comunicación y la opinión pública cambian el significado de las palabras con la misma facilidad con que el Jefe del Ejecutivo abusa del poder. El símil hiperbólico es inapropiado por la naturaleza de los ataques, pues no se trata de un accidente como lo es la colisión de las máquinas ferroviarias sino del propósito deliberado de una persona. Y, hasta los organismos internacionales y la Iglesia caen en la celada: ahora la ONU y prelados católicos quieren intervenir para evitar el tal choque de trenes.
Sin embargo, el parangón es útil para recrearnos con la cultura que se mueve entre las estaciones y los rieles. El choque de trenes es un accidente involuntario que ocurre por error humano o por fallas técnicas del sistema. El transporte ferroviario tiene diversos controles y seguridades –precisamente para evitar esos demoledores encuentros de locomotoras y vagones–, y en ellos intervienen muchas personas: el capataz, el maquinista y el conductor son los más importantes. El capataz es el encargado de las operaciones y antes de iniciar la marcha debe cerciorarse de que los vagones se hallen en buen estado y no tengan exceso de carga; el maquinista debe vigilar que la locomotora se encuentre dispuesta para el servicio, y el conductor tiene muchas responsabilidades, entre éstas la de prestar atención para que se cumplan los tiempos reglamentarios del itinerario. La coordinación y vigilancia entre conductor y maquinista debe ser extrema en los trayectos de pendientes pronunciadas, controlando los indicadores de velocidad para evitar accidentes.
El más devastador de todos accidentes y percances en el transporte ferroviario es el denominado choque de trenes. Esta clase de accidentes, causó tanto impacto en la sociedad durante el siglo XIX, que el 5 de septiembre de 1896, William George Crush, representante de la compañía ferroviaria “Katy”, organizó un espectáculo nunca visto hasta entonces: la colisión frontal de dos trenes a toda velocidad. Para el evento, Crush dispuso dos potentes locomotoras, una pintada de verde y otra de rojo, calculó el punto exacto donde se encontrarían partiendo de direcciones opuestas, y las hizo chocar a una velocidad de 75 kilómetros por hora ante miles de espectadores. Podría pensarse que el choque de trenes ocurría durante los siglos XIX y XX por ausencia de instrumentos técnicos. Sin embargo, la alta tecnología no ha podido evitar la verdadera colisión de trenes. Los dos casos más recientes se presentaron el 28 de abril de este año en China, causado por una falla humana y dejó 70 muertos y cientos de heridos; el otro ocurrió el 4 de agosto en Santiago de Chile, con saldo de siete heridos.
Esta es la realidad ferroviaria, la colombiana de Uribe es cosa distinta. Seis años de ataques verbales, de amenazas y hostigamientos contra instituciones y personas. En suma: seis años de abuso deponer. ¿Desde cuándo se acentuaron los ataques contra la Corte Suprema? Desde el 11 de julio de 2007, día en que ese tribunal condenó al paramilitar Orlando Cesar Caballero Montalvo por las masacres cometidas contra campesinos y no por el delito de sedición como lo esperaba el presidente Uribe. Luego hubo dos llamadas intimidatorias: una, al magistrado auxiliar Iván Velásquez, investigador de la parapolítica, y otra, a César Julio Valencia, presidente de la Corte, el día en que esa corporación le dictó medida de aseguramiento al senador Mario Uribe. Entonces, ¿cuál choque de trenes?
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